jueves, 1 de septiembre de 2011

La casa vacía

La Casa vacía

La calle estaba vacía, desierta, le daba la sensación que hasta su alma le había abandonado en esas desoladas tierras. La poca vegetación que permanecía con vida estaba seca y rancia, el asfalto ardiente estaba resquebrajado y las malas hierbas habían empezado a acomodarse en sus hendiduras de forma desordenada. Algo bastante curioso teniendo en cuenta que a quilómetros a la redonda la única vegetación que se podía divisar en el paisaje eran los verdes pinos estampados en la pancarta publicitaria de una compañía de viajes, que por si fuera poco había perdido el color verde original para pasar a unos tonos ocre, eso en los pegotes donde la lluvia no había despegado aún el cartel. Eso había sido una zona rica hacía ya mucho tiempo, cuando aún quedaba oro en la cantera abandonada, pero esos tiempos habían sido olvidados hacía ya muchas décadas para dejar en el olvido a ese pueblo fantasma. Aproximadamente, se podían contar unas treinta casas en todo el municipio, casas de mineros en su mayoría, sucias y amontonadas unas encima de las otras, se caían a pedazos, pero eso le daba el consuelo de que al menos explorando sus ruinas podría matar el tiempo durante los siguientes años. El paisaje era adusto, tosco, rudo y seco, muy seco, en todo el paisaje y exceptuando los árboles muertos del antiguo parque y las grises y tristes casas del pueblo, los únicos tonos que conseguía distinguir eran el marrón, el ocre y… el color tierra. Era un desierto sin fin, pequeños montículos desordenados poblaban el paisaje, pero eso no cambiaba nada, el paisaje continuaba siendo igual de seco y caluroso. El aire era igual que el paisaje, seco y caluroso. La única esperanza que lo mantenía con vida era la eterna carretera que se extendía hasta el horizonte llevando supuestamente a la civilización, aunque le daba la sensación que el camino era demasiado largo para que pudiera alcanzar con vida la siguiente población. Aunque más que una carretera eso parecía una camino de cabras, ojala lo fuera, así por lo menos podría jugar con las cabras. La única alegría que había tenido al llegar al pueblo era que no tendría que vivir en las casas de los mineros,  en la parte más alta del pueblo se alzaban dos mansiones enormes que habían pertenecido a las dos familias propietarias de la mina. Según se decía dos amigos habían encontrado las minas a finales del s XIX escapando de los pocos indígenas que aún defendían sus últimas tierras. Des de entonces las dos familias se habían repartido la mina a partes iguales, parecía una historia muy bonita y eso se debía a las condiciones que firmaron los primeros propietarios, pero sus buenas intenciones se habían visto enturbiadas por la larga cosecha de asesinatos entre las dos familias, aunque junto al oro, terminaron las disputas. Ahora aquella casa que tanto dinero había costado construir  era una antigualla, no tenía luz, ni calefacción, ni gas, ni internet, ni siquiera cobertura, para no decir que no había señal alguna de televisión, la única tecnología que podía usar era la radio, que a duras penas lograba sintonizar una emisora de música country. El esplendor y la elegancia de la mansión se habían perdido con el tiempo y el calor, pero lo que más estropeaba la antigua gloria de la mansión era su falta de tecnología. Una antigua línea eléctrica se mantenía a duras penas a lo largo de la carretera, pero nadie se había molestado en arreglar los varios sitios por donde por un motivo o por otro la línea había caído. Su padre se había decidido a instalar luz por toda la casa y arreglar las ventanas que las tormentas veraniegas habían logrado romper. Limpiar toda la casa seria quizás el trabajo más complicado, pero todo ese trabajo solo le animaba, sería su actividad durante los siguientes meses, después de eso moriría de aburrimiento. Le gustaba leer pero no se imaginaba leyendo todos los días a todas horas. Ahora se arrepentía de haberse negado a ir a un internado, si hubiera sabido  como era el lugar a donde iba no lo habría dudado ni un segundo. Quizás podría convencer a sus padres el curso siguiente. Un internado le había parecido una idea horrible, no sabía por qué, ahora le parecía un paraíso, un lugar lleno de chicos y chicas de su edad, no aunque no fueran de su edad le habría dado lo mismo, eran gente. Pero allí en medio de la nada la gente escaseaba más que las focas en marte. Hacia dos días que había llegado pero le parecía que habían sido semanas, había recorrido las calles con su bicicleta de arriba a abajo y de abajo a arriba, había devorado libro y había construido una mediocre cabaña con palos secos y sobretodo, había dormido, dormido hasta hartarse y más aún. Nunca le había gustado dormir, se levantaba siempre pronto y se acostaba siempre tarde, vivía días repletos de actividades yendo a bañarse al rio con sus amigos o en un bar o enchufado a un ordenador. Pero allí no había ni rio, ni bar, ni ordenador, ni siquiera había amigos. Amigos, se había mudado tan rápidamente que no había tenido tiempo de despedirse, se preguntaba a menudo como estaría y que harían, pero el susurro del viento era su única respuesta. Aún le costaba entender como su padre había aceptado un trabajo en ese lugar, sus padres al contrario que el parecían fascinados, entusiasmados, los habían destinado allí a estudiar la flora, la fauna y la geología del lugar, aunque el aún no había visto ni un solo animal y las plantas escaseaban tanto en el paisaje como las personas. En cambio de rocas si había, había a montones, redondas, cuadradas, grandes, pequeñas, pero todas igual de aburridas. Su padre era un célebre geólogo y su madre una renombrada bióloga, podían haber enseñado en cualquier universidad del país, cobrando un sueldo absurdo con los horarios de un profesor. Pero tenían que aceptar ese trabajo mediocre, mal pagado y además, en esas condiciones de vida y por si fuera poco, tenían que arrastrar a su hijo. Sabía que los días serían aburridos, de modo que había querido alargar al máximo las posibilidades que le tenía reservadas el pueblo fantasma, pero tras explorar de arriba a abajo cada rincón de su nueva casa, de la cual solo utilizaban los aposentos de los criados, no había podido resistirse a adentrarse en la otra mansión. Le habría gustado dejar eso para más adelante para tener algo que lo mantuviera con vida, pero notaba que si no entraba en esa casa moriría de aburrimiento. Su padre le había prohibido entrar ya que era lo único en cientos de quilómetros a la redonda que no pertenecía al gobierno. Al parecer cuando el oro se agotó una familia rica compro la casa como residencia de veraniego y no habían querido venderla al gobierno hasta ahora, aunque según tenía entendido nunca la habían usado. En ocasiones se ilusionaba con la esperanza de que por fin se decidieran usarla, solía soñar con eso,  con unos vecinos que lo acompañaran en ese paisaje desolado, a veces soñaba con un chico de su edad con el que se hacían inseparables y vivían mil aventuras en esas desoladas tierras, o con una hermosa chica de quien caía enamorado y con quien se embarcaba en una romántica historia de amor, una vez soñó que eran unos viejos aburridos, pero era mejor que nada, mucho mejor. Incluso en sus pesadillas donde unos monstruos sangrientos habitaban la casa, los sueños le parecían mucho más apetecibles que la realidad. Pero eran sueños imposibles, lo sabía, seguramente esa casa había caído en el olvido hacía ya mucho tiempo y así seguiría por los siglos de los siglos. Pero ahora debía olvidar esos lúgubres pensamientos, ahora se adentraba en la aventura de explorar esa hermosa mansión, así es como le gustaba llamarlo “aventura” le parecía  la única forma de darle algo de emoción a esa contienda, pero ya había pasado la edad en la que cosas como esas lo emocionaran, aunque sabía que eso era mejor que nada. En la verja del jardín de la mansión colgaba una señal de prohibido el paso, y aunque sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, también sabía que a nadie le importaba que lo hiciera, no perjudicaba a nadie, ¿Cómo podía hacerlo? Si alguna vez las plantas habían crecido en aquel jardín, habían caído tanto en el olvido tanto como los idiomas de los primeros hombres. Ahora solo se extendía un terreno adusto y desolado de tierra seca resquebrajada por la calor, a cada pisada el suelo crujía, como si estuviera andando sobre un mar de patatas chips, pero las patatas chips eran solo otro de los placeres que había dejado atrás. Se acercó lentamente a la ornamentada puerta de madera carcomida y acerco la mano al ornamentado pomo con vacilación, en cuanto tocó el pomo, la puerta se desplomo de bruces contra el suelo justo delante de sus narices. El estruendo de la rejilla metálica rebotando contra el suelo y la madera partiéndose en pedazos resonó diabólicamente en la enorme estancia que era la entrada. No pudo evitar encogerse y cerrar los ojos al ver caer la puerta, consciente del inminente desastre pero sin poder hacer nada para evitarlo, en cuanto la puerta cayó al suelo se giró casi instantáneamente y miró hacia su casa. Se quedó allí paralizado, esperando ver llegar a su padre regañándole a gritos por entrar en esa casa. Pero no pasó nada, nadie le había oído, su padre debía estar durmiendo con su madre, es lo que el debería haber hecho, dormir. El sol picaba como mil demonios y la calor era insoportable. Pero allí estaba, frente a una puerta que acababa de romper y un agujero que lo seducía a adentrarse en esa oscura mansión. En cuanto puso un pie entre las sombras una agradable brisa fresca lo recibió, al tumbar la puerta debía haber formado un corriente de aire. De alguna extraña forma le daba la sensación que ese lugar estaba sumergido en un mundo de sombras, los porticones de las ventanas estaban cerrados y la oscuridad invadía la estancia, pero pese a ello podía ver perfectamente cada detalle de la habitación, era una estancia alta y ancha aunque no muy larga, había apenas unos metros des de la puerta hasta los dos escalones de piedra lisa que llevaban al vestíbulo, el suelo de la estancia era del mismo color gris rancio que los dos escalones y las paredes del mismo color blanco amarillento del techo de donde  colgaba una pequeña lámpara de aceite, en los laterales de la habitación había dos pequeños muebles de madera pulida y barnizada, que habían perdido todo su esplendor bajo el peso de los años y las capas de polvo. Se dirigió silenciosamente hacia los peldaños que subían al vestíbulo, casi conteniendo la respiración, no sabía porque, pero estaba tenso, atento, como si en cualquier momento algo pudiera surgir de la oscuridad, pero no había nada. En cuento subió el segundo y último peldaño un escalofrió le recorrió la espalda, parecía que esa sala era aún más fresca que la anterior, era una sensación agradable. La sala era imponente, grande muy grande, en el alto techo colgada una enorme lámpara de araña que apuntaba peligrosamente a un lugar al que no pensaba acercarse, el techo era blanco y las paredes estaban empapeladas con una rejilla de papel de oro en un fondo oscuro. Un sinfín de candelabros dorados cubrían las paredes, se acercó para tocar uno, podía verlo, el color oscuro de la pared era escarlata, el suelo era de baldosas blancas y negras, colocadas de una forma que le recordaba demasiado a un tablero de ajedrez  <si solo tuviera con quien jugar> pensó. A cada lado de la habitación una ancha escalera de mármol blanco subía al segundo piso. Se acercó a la escalera dando pequeños saltitos y se apoyó en la barandilla también dorada para decidir qué camino seguir. Finalmente se decidió por revisar primero la planta inferior, entre las dos escaleras se formaba una especie de túnel en forma embudo que acababa en un estrecho pasillo, siguió el pasillo y entró en cada una de las habitaciones, todas decoradas del mismo modo que el vestíbulo, exceptuando la cocina, que tenía las paredes cubiertas de baldosas blancas. La mayoría de habitaciones eras dormitorios, aunque había varias salas de estar y dos o tres baños, además de unos cuantos trasteros, los muebles habían desaparecido casi por completo, los primeros propietarios debieron habérselos llevado al vender la casa. Solo un armario en el dormitorio del fondo, el más grande, permanecía aún en las estancias bacías. Quizás fuera porque estaban vacías, pero cada vez que entraba en una habitación, le daba la sensación de que era más fresca que la anterior, cuando llegó de nuevo al vestíbulo empezaba a hacer frio. Había explorado todas las estancias sin encontrar nada interesante, aparte de un ratón que había logrado divisar por el rabillo del ojo en las cocinas. El piso de arriba le daba, por alguna razón, más esperanzas. Cuando estuvo arriva, le parecía que el frio había aumentado considerablemente, empezaba a frotarse los brazos a medida que avanzaba lentamente por las habitaciones, en el piso de arriba, las baldosas eran blancas y rojas y las paredes estaban empapeladas con rejillas negras en un fondo dorado. Justo al subir las escaleras se divisaba una gran sala con cuatro pequeñas arañas de cristal colgando del techo en los laterales había cuatro grandes puertas de roble además de una quinta que se encontraba al fondo, justo en el centro de la estancia. Abrió una por una las cuatro puertas y se adentró uno por uno en los cuatro enormes dormitorios que eran una copia exacta de los otros tres. Consistían en unos enormes espacios vacíos de baldosas blancas y rojas con grandes ventanales cerrados des de fuera donde colgaban enormes cortinas rojas, además en cada habitación había una enorme araña casi tan grande como la del vestíbulo. Finalmente depositó la mano en la última puerta de la casa. El pomo era de plata, al contrario que todos los demás pomos de oro, y estaba tan frio que parecía hielo. Finalmente se decidió a girar el pomo y empujar la puerta. En cuanto puso un pie en la estancia le pareció que el aire se congelase, esa habitación era más clara que todas las demás, los grandes ventanales del fondo de la habitación estaban abiertos y  dejaban filtrar una pálida luz fantasmagórica de un tono azulado que recordaba a las noches de luna llena. La luz bañaba el suelo de baldosas blancas y azules, las paredes eran de un verde intenso y había pintadas enredaderas azules que escalaban entre el verde hasta el techo, donde seguían hasta llegar al centro del techo color cielo de donde colgaba una gran esfera de cristal que se asemejaba a una lámpara de aceite, justo debajo de ella, en el centro de la estancia, bañado por la luz que se filtraba tenuemente por los cristales sucios, entre las cuatro baldosas centrales de la sala, crecía una rosa, una sola rosa alta y fuerte, erigida sobre un delgado tallo verde azulado lleno de púas traicioneras pero arriba estaba la flor, alzada más de metro y medio por encima del suelo, imponente sobre la torre que era el delgado tallo que la sujetaba, estaba una enorme rosa de pétalos azules. Cuando llego de nuevo al vestíbulo hacia tanto frio que no podía parar de repicar los dientes. Se sentía extraño, como si no hubiera hecho nada, le parecía que aún le faltaba algo por hacer, pero había visitado todas las estancias y no quedaba rincón por descubrir. Finalmente se rindió y se giró hacia la salida dispuesto a marcharse, pero en cuanto puso un pie fuera del vestíbulo, un sonido metálico procedente del fondo de la casa inundó el espacio. Entonces se giró y miró atentamente el lugar de donde provenía el ruido, estaba en la planta inferior, en la habitación del fondo, la más grande. “¡el armario!” exclamó para sus adentros. Entonces echó a correr hacia la habitación del fondo, a cada paso que daba el frio penetraba más y más en su pecho, cuando llego a la sala donde se encontraba el armario las paredes tenían el papel rasgado por las cicatrices que el hielo había formado en ellas.  Tenía los dedos blancos y notaba que la nariz se le había congelado. Entonces empezó a acercarse lentamente hacia el armario. Notaba los fuertes latidos del corazón, uno tras otro, pum-pum, pum-pum, cada vez más acelerados, más fuertes, pum-pum. pum-pum, cada vez más rápidos y más siniestros, pum-pum, pum-pum. Pero ese no era su corazón, ese corazón que resonaba por toda la estancia procedía de dentro del armario. Se acercó, cada vez más lentamente, como si el frio congelara sus pasos, a cada paso la brecha de hielo que cruzaba la pared, se hacía más y más grande. Cuando por fin sus yemas lograron rozar la superficie brillante del pomo del armario, este empezó a girar, y con la misma lentitud con la que el pomo había rotado la puerta empezó a abrirse sola con un crujido. Cuando la puerta del armario estuvo abierta completamente, introdujo su cabeza en el enorme mueble vacío, todo estaba oscuro, todo era oscuridad y frio, entonces lo escucho, los latidos venían de abajo, bajó la cabeza y pudo verlo, unas escaleras que descendían, y al final de las escaleras, unos brillantes y enigmáticos ojos, unos enormes ojos felinos, rasgados, del mismo color verde intenso que las paredes de la habitación del segundo piso. Pero antes de que pudiera darse cuenta, los ojos habían desaparecido, ¿sería un gato? Sin dudarlo ni un segundo empezó a bajar las escaleras, estaban oscuras, muy oscuras y frías, muy frías, cada vez más frías, pero los latidos de ese corazón cada vez eran más fuertes.  Cuando finalmente llegó al suelo el frio había calado en sus huesos y le costaba caminar. La estancia era un completo nido de oscuridad y en el fondo unos enormes ojos verdes brillaban en la oscuridad. Se acercó tan rápido como le permitieron las piernas, cada vez el latido era más fuerte y cada vez hacia más frio, podía sentir como se le congelaban las venas. Al final logró llegar hasta los ojos, esos enormes ojos, encajados en el lindo rostro de una chica desnuda, una hermosa chica. Su larga cabellara oscura se desparramaba por el suelo mientras esa mirada felina lo captivaba más y más, podía sentir el latido, cada vez más intenso pum-pum, pum-pum, estaba allí podía notarlo, podía tocarlo. Entonces hundió su cabeza entre los pechos desnudos de la chica y escuchó el cantico de su corazón. Pero algo le cortó en la mejilla, dio un paso atrás para admirar mejor el cuerpo de esa chica, estaba de rodillas con los brazos alzados por cuerdas que la cubrían por todo el cuerpo, solo que no eran cuerdas, eran espinas, espinas que se clavaban en su cuerpo y bañaban su pálida piel con riachuelos de sangre, eran espinas, eran rosas azules. Podía leer su mirada, podía oír la canción de su corazón,  sus tristes ojos pedían ayuda y sus labios le ofrecían un beso como recompensa, un beso y el amor de su corazón. Sin ni siquiera darse cuenta de ello, agarró con todas sus fuerzas los cayos de espino y estiro ferozmente, para arrancar esas rosas azules del hermoso cuerpo de esa chica, sin ni siquiera pensar en el agudo dolor que producían las espinas hundiéndose en su piel. Cuando hubo terminado una capa de rosas azules bañadas por su sangre vestían el suelo, los innumerables cortes de sus manos dejaban caer un torrente escarlata que empezada a formar un charco a su alrededor. La chica cerró los ojos y los volvió a abrir, ahora eran ojos libres.  Entonces se arrodillo ante el chico que  también estaba arrodillado y sin dejar de mirarlo a los ojos, le agarró las manos ensangrentadas se las llevó al pecho para que pudiera oír los alegres latidos de su corazón. La alegría también invadía al chico por dentro, una alegría fría y extraña, pero dulce y entonces la chica lo beso. Ya no estaba solo.

sábado, 27 de agosto de 2011

Los Hombres de Hierro

Los hombres de hierro

Era agradable sentir la fresca brisa nupcial acariciar su tersa piel, a ella siempre le había gustado pasar las noches dejándose acariciar por el viento, pero ese día había asuntos más importantes que atender. Sus pasos eran silenciosos, como lo habían sido los de sus maestros y los maestros de estos, un paso tras otro, pasando por el suelo sin estorbar su superficie. La humedad de las hojas muertas y la tierra mojada se resbalaba entre sus dedos, mientras las pequeñas gotas de rocio bañaban su piel cuando rozaba la maleza. Faltaban pocas horas para que el sol honorara a los hombres con su presencia, pero la oscuridad y el silencio invadían la jungla sin dejar espacio a nada más. Sus ojos verdes del color del árbol madre se tornaban amarillos bajo la luz de la luna, podía ver a través de la oscuridad siempre que su iris portara el color del sol. Rash’had significaba “Pantera que ve en la oscuridad” en el antiguo idioma de los sabios muertos, que les susurraban palabras a los nuevos sabios a través de las hojas del árbol madre. Rash’had era su nombre y también era su esencia. Su piel era tersa y oscura por el sol, sus ojos rasgados ahuyentaban a sus enemigos junto a su afilada sonrisa. Sus hombros felinos se movían al unísono con su cadera, con unos pasos elegantes que recorrían el bosque. más rápido que cualquier otro animal, pero pese a la velocidad de sus movimientos, el ruido que producían sus pisadas al rozar el suelo era tan leve que podía pasar junto a una gacela sin que esta se percatara de su presencia, aún y eso, cuando atacaba su rugido era estruendoso y sus ataques potentes, le gustaba el tacto de las ramas rasgando suavemente su piel desnuda, además las hojas dejaban en su piel la fragancia de la selva, un perfume natural, que la hacía invisible frente al resto de fieras. Su larga melena color carbón emitía una reflejo azulado bajo aquella luz, ese día la llevaba trenzada hasta la cintura, en la punta colgaba su daga atada cuidadosamente a su cabellera. Esa noche, debía cortar una garganta.  Saltar de árbol en árbol era una tarea algo más complicada que correr por la espesura, pero había entrado en el territorio del Rash’ah “la gran pantera” y no debía retrasar su marcha para enfrentarse a ella. Entonces el sonido de una  rama rompiéndose la hizo detenerse al acto. Y tras varios segundos de olfatear el aire saltó al suelo. Con pasos lentos y silenciosos se dirigió a un claro bañado por la luna, allí debía librarse su lucha, pero debía darse prisa, tenía una tarea que cumplir y los espíritus no esperaban. Agarró el puñal sin desatarlo y se puso en posición defensiva acercando su cuerpo al suelo y caminando de lado sin dejar de mirar los puntos amarillos que surgían de entre la oscuridad de la selva. Pronto la pantera gigante apareció, Rash’ah había llegado. Su rostro lucia demacrado por los años y una cicatriz atravesaba su ojo derecho, pero aún así era impresionantemente feroz. Aunque el también había adoptado la posición defensiva y la miraba con toda su furia, para llegar hasta la altura de sus ojos hacían falta dos hombres derechos uno encima del otro. Pero su gran tamaño no la intimidaba, estaba dispuesta a morir, aunque no estuviera tan dispuesta a acabar con una vida inocente,  en ese momento su estómago no estaba vacío, la madre naturaleza no quería que Rash’ah fuera al otro mundo, no aquel día. Aunque quizás a ella era otro el destino que le deparaba la naturaleza. Estuvieron mirándose durante un largo periodo, si alejaba la vista habría perdido cualquier posibilidad de sobrevivir, el temor le oprimía el pecho y sus pies querían escapar de ese duelo, pero girar la espalda significaría su muerte. Rash’ah fue el primero en mostrar sus colmillos, ese duelo ya estaba decidido, si el gran Rash’ah había mostrado sus colmillos significaba que estaba intimidado y eso significaba el fin para aquella bestia.  Entonces Rash’had dio un paso al frente y lanzo un fuerte rugido con una mirada agresiva y unos dientes feroces. El gran felino sin dejar de mirarla a los ojos fue retrocediendo por el mismo camino por donde había llegado. Cuando la presencia de la gran bestia hubo desaparecido por completo ella soltó su daga que quedó colgando en su espalda de nuevo.  Había logrado llegar a la cima de La Sierra de Más Allá cuando el sol empezaba a venerar las tierras con sus primeros rallos de luz, la luna empezaba a empalidecer como un espectro colgando en el firmamento. Su mejor oportunidad para cumplir su tarea había pasado, pero aún no era tarde, debía lograr volver al pueblo con la cabeza de su enemigo antes de que el sol llegara al punto más alto. Más allá de la Sierra del Mas Allá vivían los hombres de hierro, que vestían pieles de hierro y luchaban con dagas más largas que un brazo, además hacia pocas lunas contaban los Agaas’shagash “los que hablan con los pájaros” que los hombres de mas allá habían descubierto palos de acero que disparaban fuego, decían que algunos tenían el tamaño de un tronco y otros el de una rama,  pero el fuego que lanzaban estaba envenenado y cualquiera que resultara herido por él moriría lentamente. Pero Rash’had no le temía a los hombres de hierro ni a cualquier arma que viniera de más allá de las colinas, los hombres de hierro podían destruir montañas, pero eran sordos y ciegos, no podrían verla jamás, además eran torpes y lentos jamás lograrían atraparla. Cuando llegó al sitio donde los espíritus le habían encomendado cumplir sus tareas, el silencio aún reinaba en el aire. El calor de una hoguera apagada se expandía por el ambiente cargado, que había entre les chozas de pieles suaves y finas pintadas de colores. Pasó junto a los guardias sordos y ciegos que permanecían medio dormidos apoyados en sus palos de fuego.  La estrella de los espíritus era difícil de apreciar en el cielo que había perdido casi toda su oscuridad, pero aún podía distinguirse justo encima de la más grande de las chozas, los espíritus se lo indicaban, allí se encontraba el sujeto que la madre naturaleza le había pedido eliminar, los hombres de hierro no hacían caso a la madre naturaleza, por eso ahora ella quería recibir sangre a cambio. Entró silenciosamente en la choza, estaba oscura, aunque no tanto como la noche, pero sus ojos no estaban bañados por la luna.  Debía apresurarse a acabar con su presa antes de que su presa acabara con ella. Entonces agarró su daga y la desató de su cabellera. Se acercó lentamente al hombre que yacía postrado encima de un saco relleno de hierbas secas y le acarició la garganta suavemente con la daga, con pulso decisivo pero sin acabar con él. Aunque fuera un hombre de hierro era un hombre,  y un hombre tiene derecho a ver los ojos de su asesino antes de morir, así lo cantaban los sabios. Acercó su rostro al del hombre de hierro, su rostro lucia tan diferente como había imaginado, su piel era más blanca sus rasgos más alargados y fríos y su cabellera también le cubría la barbilla, era de un extraño color rojizo, pero lo extraño no era su rostro, eran los atuendos que llevaba, había visto hombres que tapaban sus sexos en honor a los dioses, pero los hombres de hierro ocultaban todo su cuerpo, solo las manos y la cabeza sobresalían de esas extrañas pieles. El hombre de hierro no despertaba pese a que ya caía un riachuelo de sangre a lo largo de su cuello, podía sentir su respiración en el rostro, ¿Por qué no despertaba? ¿Acaso los hombres de hierro habían perdido también el tacto? Entonces con un movimiento rápido los labios de aquel hombre se juntaron con los míos y su lengua se adentró en mi boca.  Me aparte rápidamente de un empujón, podía sentir latir mi corazón ferozmente, ¿Por qué temía a un hombre de hierro? Pero ese miedo era diferente al que sentía cuando se enfrentaba a las bestias de la jungla, su corazón latía de un modo más cálido, ese ataque casi había parecido una agradable sensación ¿Eran esas las artes oscuras de los hombres de hierro? Entonces el hombre de hierro se fregó los ojos y se incorporó lentamente. Sus ojos castaños brillaban en la oscuridad y la miraban fijamente con fascinación ¿acaso era ella solo un juego para las artes de los hombres de hierro? Podía notar la muerte en su mirada ¿pero porque esa muerte era tan cálida y agradable? Podía sentir como el calor subía por sus mejillas. Su mirada no cesaba la estaba examinando, cada rincón de su cuerpo, sentía como si fuera su posesión y pudiera hacer con ella lo que quisiera. Entonces dio un paso al frente y se lanzó contra el tumbándolo al suelo, y le cortó la garganta. Pero no salió sangre de su garganta, miró a su alrededor y se dio cuenta de que la daga le había resbalado cuando el hombre de hierro la había atacado con su lengua. Volvían a estar uno encima del otro pero ahora esos ojos no estaban cerrados y esa mente no estaba en el mundo de los sueños. Ahora él la miraba fijamente con sus bellos ojos castaños y ahora era ella quien tenía una respiración rápida y entrecortada, su cuerpo estaba paralizado. De repente notó como una mano rozaba dulcemente su pecho, no parecía haber ninguna intención agresiva en ese ataque ¿Qué pretendía ese hombre de hierro? Entonces él cerró los ojos mientras acercaba lentamente sus labios hacia ella, esa era su oportunidad para recuperar la daga, para cortarle el cuello. Pero su cuerpo no quería moverse y sus pensamientos empezaban a rendirse ante los hechizos de aquel hombre de hierro. Dejó que sus labios se acolcharan contra los suyos y que su lengua explorara cada rincón de su boca y se apoderara de su alma. Durante las siguientes horas, el hombre de hierro estuvo acariciando cada rincón de su cuerpo con sus dedos y su lengua, incluso el sexo y los pezones. Después empezó a embestirla primero suave y después bruscamente, al principio un dolor agudo se extendía en sus entrañas y su sexo sangraba, pero en cuanto se acostumbró esas sacudidas empezaron a resultarle placenteras. En cuanto el sol llegó a su punto más alto el hombre de hierro había regado su interior con la semilla de la vida. Entonces dos hombres de hierro más entraron en la tienda. Rash’had no comprendió sus palabras, pero ahora solo una cosa llenaba su corazón y era la magia de ese hombre.
-Pero… ¡una salvaje! ¿Qué hacemos con ella mi príncipe?
-Solo matadla.

miércoles, 20 de julio de 2011

Beauty Blood

Beauty Blood
Era viernes, el último día de la semana, mi última oportunidad. Había estado intentando acercarme a ella todos los días, quieto frente a la puerta de mi clase esperando a que apareciera, pero cada vez que la veía pasar frente a mí, su fragancia nublaba mi mente y simplemente permanecía inmóvil con la cabeza acotada, mirando fijamente al suelo y antes de que pudiera darme cuenta ella ya había desaparecido entre la multitud, pero en lugar de ir tras ella, me decía a mi mismo que lo haría el día siguiente, pero ya era viernes, el último viernes antes de las vacaciones de verano. Todos parecían estar ansiosos porque acabase el curso de una vez por todas, pero yo rezaba para que ese no fuera el último día, pensando que dejar pasar unos días más, me daría el valor suficiente para acercarme a ella, aunque en el fondo, sabía que eso era un vaga ilusión.
Pero no había más días, ese era el último día del curso que la vería, quizás el último día de mi vida, no podía dejar las cosas a medias, porque estaba seguro que si dejaba pasar esta oportunidad me arrepentiría durante toda mi vida. Ella era una chica extraña de la que más de medio colegio se había enamorado, no había chico en la escuela que no hubiera caído a sus pies, y en cuanto a chicas,  pocas habían podido salvarse de su hechizo. Había surgido de la nada como un fantasma hacía menos de una semana. Era extraño que un estudiante fuera transferido una semana antes de acabar el curso, pero su encanto hipnótico parecía hacer olvidar de nuestras mentes cualquier cosa que no fuera su figura. Era elegante, tierna y dulce, siempre seria, pero siempre con una enigmática sonrisa en sus labios rojos, sus grandes ojos tenían un brillo misterioso, como el de las aguas cristalinas de los arroyos de montaña, parecía como si pudieras hundirte en ellos, eran negros, completamente oscuros, tan oscuros, que el iris no podía discernirse de la pupila a menos que observases atentamente, y aún así costaba diferenciarlos. Esos ojos negros, parecían verlo todo, siempre te daba la sensación que te observaban, que eran tuyos que eran solo para ti, en cuanto clavabas tu mirada en su rostro, todo lo que había a tu alrededor, desaparecía, solo quedaba ella. Y junto a aquellos ojos y sus largas pestañas estaba su sonrisa, encajada entre sus carnosos labios color pasión, al igual que su mirada, no podía evitar pensar que era a mí a quien sonreía, pero era solo una ilusión, porque ni siquiera miraba hacia donde me encontraba, pero esos ojos, parecía que te mirasen aunque estuviesen cerrados. Su larga cabellera de finos hilos aún más negros que sus ojos parecía sobrevolar el pasillo detrás de ella siguiéndola como la cola de un cometa esparciendo por el aire su dulce fragancia, su presencia desprendía un aroma suave que se filtraba por cada rincón del edificio, era una fragancia dulce que te invitaba a cerrar los ojos exhalar aire y sentir todo su aroma, te daban ganas de acercarte a ella y oler su pelo, pero también tenía algo más, cada vez que olía esa fragancia mi cuerpo se excitaba de una forma que estaba fuera de los límites de la razón, mi mente se nublaba, dejaba rienda suelta al erotismo de esa fragancia. La elegancia de sus pasos era mágica,  como una melodía que resonaba por encima de los murmullos del edificio, paso tras paso sus tacones negros resonaban contra las baldosas del suelo combinando con las ondulaciones que su pelo  producía a cada paso, si hubiera intentado buscar un solo defecto en esa figura no hubiera podido encontrarlo, sus cejas arqueadas daban a sus ojos una mirada seria y inquisitiva que haría rendirse a sus pies al más poderoso de los hombres que habían gobernado la tierra, su fina nariz tenía un aspecto suave y tierno que parecía tener el tamaño perfecto. En cuanto a sus labios, carnosos, desprendían lujuria, con su tono rojo intenso que resaltaba sobre el pálido color de su piel y entre la comisura de sus labios estaba ocultada esa enigmática sonrisa que parecía siempre ir dirigida a mí, su barbilla era perfecta, sus orejas eran perfectas, incluso el tamaño de su cabeza y ese cuello,  más elegante que el de un cisne, tenía un atractivo especial, era como si te llamara para que fueras a besarlo, a morderlo.  La camisa blanca que era el uniforme del instituto por alguna extraña razón era de una tela más fina en ella que en el resto de chicas, era casi como si fuera un fantasma, a la luz del sol podías apreciar perfectamente las curvas que su cuerpo escondía bajo la camisa,  además, ella dejaba siempre desabrochados los dos primeros botones de su camisa dejando a la vista su impresionante escote que te invitaba a hundir tu cara entre sus pechos y ahogarte en ellos. Parecían tener el tamaño perfecto, grandes pero no demasiado para parecer voluminosos, ni demasiado alzados ni demasiado caídos, desprendiendo una total naturalidad, solía usar un sujetador con bordados, de una tonalidad rojiza que pasaba des del fuxia, pasando por el escarlata y llegando a un rojo tan oscuro como la misma noche. En cuanto a la falda negra que era el uniforme femenino de verano era  más de medio palmo más corta en ella que en el resto de chicas, lo normal era que te llegara a media rodilla, pero en ella, podías adivinarle perfectamente los muslos a cada paso que daba, y si tenías suerte de encontrártela subiendo las escaleras, podías ver perfectamente sus bragas blancas ajustadas entre sus piernas.  Largas y atléticas, así es como eran sus piernas, bien definidas con unas curvas perfectas que brillaban bajo la luz en esa piel clara, esa piel que parecía tan suave, tan pura, si parecía pura, pero en cuanto observabas las curvas de su cuerpo, no era pureza lo que venía a tu mente, esa chica era de pies a cabeza un objeto de deseo sexual que hacia babear al más digno de los hombres y a la mayoría de las mujeres. Así era la chica de la que me había enamorado, de la que cualquiera se hubiera enamorado, sus dedos flotando en el aire a cada paso parecían agarrar las cuerdas de tu corazón y llevarlas con ella, era como si en un solo movimiento pudiera hacerte morir de felicidad. Era algo que estaba fuera de mi liga, ni siquiera había oído su voz, ya que nunca se había dirigido a mí, ni a nadie que yo recordara, no estando yo delante. Sabia que no era una chica con la que pudiera soñar, yo un chico  de 17 años que ni siquiera había besado nunca a una chica, pero aunque hubiera una ínfima posibilidad entre un millón, no podía dejar pasar esa oportunidad, o me arrepentiría de por vida. Pero aunque tuviera eso en mente, simplemente mi corazón latía demasiado deprisa para dar un paso, sentía que si me acercaba a ella todo mi cuerpo iba a estallar, pero ese día era mi última oportunidad, así que no podía rendirme. El timbre de la última clase estaba a punto de sonar y lo único que había conseguido era decirle un tímido “hola” que ni siquiera  había oído. ¿Todo había acabado para mí? Solo me quedaba una oportunidad, debía decírselo durante la salida, cuando cientos de alumnos se marchaban corriendo esperando ansiosos disfrutar de sus primeros momentos de libertad veraniega. Era una avalancha humana, un rio desbocado de personas que corrían hacia la libertad. Encontrarla era como pretender distinguir una gota en un rio, aunque esa gota fuera la más hermosa jamás concebida. Pero cuando llegue a la salida, ni rastro de ella, era como si se hubiese esfumado, como si hubiese desaparecido, o como si nunca hubiera estado allí, me quede quieto frente a la puerta del instituto, albergando la esperanza de poder verla en el último momento, pero cuando todos se hubieron marchado una mano me rozo el hombro des de atrás, me gire de inmediato y estaba allí, radiante frente a mí, con esa misteriosa sonrisa entra la comisura de sus labios. Ahora sí que me miraba a mí, y me miraba fijamente, directamente a los ojos, no es que me lo pareciera, lo estaba haciendo, y sus dedos, me estaban tocando, mi corazón palpitaba, algo oprimía mi bragueta des de dentro, algo que quería despertar, imágenes obscenas se aparecían en mi mente,  mis mejillas se sonrojaron y simplemente me quede inmóvil observándola, estaba cerca de mí, podía notar su respiración, podía oler su fragancia, podía notar cómo  me arrastraba hacia ella.
- ¿Piensas estar callado todo el rato? has estado intentando decirme algo todo el día y solo has conseguido soltar un triste “hola” además llevas mirándome toda la semana des de que llegue, bueno como todos, no soy estúpida sabes, puedo adivinar que tienes algo que decirme.
¿Qué? ¿Que había sido eso?¿Ella me había oído, sabía que la había estado mirando? Entonces, ¿por qué no había hecho nada hasta ahora? ¿Me estaba esperando? ¿Eso significaba que sentía algo por mí? Su mirada se había vuelto traviesa, y su sonrisa era cada vez mas enigmática, además, su voz, era como la de una sirena, cada palabra me hundía más en el pozo del deseo, era una melodía de la que no podía escapar. Entonces me sonroje aún más de lo que estaba y aparté la mirada al suelo.
-¡Buenos días!
¿Eso era lo único que se me pasaba por la cabeza? ¿“buenos días”? ¿Podía ser más estúpido? Mi siguiente acción me demostró que sí, podía ser mucho más estúpido. Justo después de hablarle, me giré y empecé a correr. Pero antes de darme cuenta una fuerte sacudida me empujó hacia ella, me había agarrado de la camisa para evitar que huyera, puse la mano para evitar chocar contra ella, pero esta se hundió entre sus pechos. Entonces volví a quedarme inmóvil.
-Se que te gustan, pero lo más apropiado sería pedir permiso antes de tocarlos.
-¿Qué?
- Mis pechos, los estas estrujando.
Entonces aparté rápidamente la mano y en el impulso me cay hacia atrás y me estampé de bruces contra el suelo.
- No te he dicho que los soltaras, solo te he dicho, que debes pedir permiso para tocarlos, ¿piensas quedarte en el suelo o vas a decirme lo que tienes que decirme?
- ¡A sí eso, que… bienvenida al colegio!
Definitivamente era la persona más estúpida del planeta, como podía decirle eso cuando era el último día del curso, estaba claro que ella jamás aceptaría a un chico como yo.
- Ya te he dicho que no soy estúpida, sabes,  des de que llegue aquí se me han declarado más personas de las que puedo recordar, no es muy difícil  adivinar lo que quieres decirme, pero parece que requieres algo de ayuda, así que acompáñame, iremos a un lugar más… privado.
Justo en el momento en el que sus labios pronunciaron la palabra “privado” su sonrisa se torno traviesa como incitándome a seguirla, invitándome a entrar en su juego. ¿Qué quería de mí?  Era como si todo estuviera pasando tal y como ella quería. Yo la seguí sin dudarlo, tras ella como un perro, invitado por su aroma, persiguiendo su fragancia por los pasillos vacios del edificio, antes de darme cuanta habíamos atravesado el patio y estábamos detrás del almacén donde guardaban las colchonetas para la clase de gimnasia. Una suave brisa soplaba levantando los envoltorios de plástico que se habían tirado al suelo durante el almuerzo. Estábamos los dos solos entre dos paredes, donde nadie nos podía ver, solo me quede observando.
- ¿No vas a decir nada? Esperar se está volviendo aburrido.
- Ah sí lo siento, yo, des de que llegaste, no sé cómo decirlo, no he podido dejar de pensar en ti y…
-  Palabrería, solo di que me amas, llegarás más rápido al final y obtendrás el mismo resultado, conmigo no sirve esa palabrería.
-¿Cómo?
-Solo dilo.
-Yo... ¡te amo!
Entonces un gran alivio recorrió todo mi cuerpo, toda la tensión acumulada desapareció, me sentía como si no hubiera gravedad.
-Lo siento, no puedo aceptar tus sentimientos.
¿Cómo?, ¿que había sido todo eso? Para que me había llevado allí si pensaba rechazarme? Nada tenía sentido, no podía entender esa situación, me sentía engañado, como si hubiera caído en su trampa, si eso era, lo había planeado todo solo para ver mi cara en cuanto me rechazara, no podía ser nada más, un torrente de rabia invadió mi cuerpo, quería tirarla al suelo destrozarle la ropa y violarla allí mismo.
-¡¡¡Pero…!!!
-Pero… pero si podemos hacer “eso”
Su respuesta volvió a dejarme congelado con “eso” se refería a “eso”,  ¿a que podía referirse si no?  Entonces me di cuenta de que entre mis piernas una fuerza salvaje se moría por estallar.
-¿A qué te refieres?
-Venga por favor, sabes a que me refiero, no nos hagamos de rogar, ¿quieres hacerlo o no? Vamos, se leer perfectamente tu cara, antes cuando me has agarrado la teta, se te ha puesto dura y ahora solo hace falta mirarte los pantalones para ver lo que de verdad quieres, eres un hombre después de todo.
- ¡Eso no es verdad!
Antes que pudiera darme cuenta su mano estaba agarrando mi entrepierna y sus ojos estaban a escasos centímetro de los míos, y sus labios, sus labios rozaban con los míos.
-Lo ves como tengo razón, no puedes esconder lo que eres, me estoy cansando de este rollo de niño bueno, así que si quieres hacerlo conmigo, solo dilo.
Sus labios fregaban a los míos cada vez que pronunciaba una palabra, no podía resistirlo más, me lancé a besarla, pero sorprendentemente, con un ágil movimiento se apartó de mí y esquivó mi beso.
- Eso me sirve
Su sonrisa se había vuelto mucho más traviesa que antes, era demasiado seductora para ser real. Entonces me agarró de la corbata del uniforme y me empujo hacia dentro del almacén, no me había dado cuenta de que las puertas estaban abiertas, cuando ella entró en el almacén detrás de mí, empezó a llover, no me había dado cuenta pero el cielo estaba cubierto de nubes.
- Perfecto, con esta lluvia no podrás huir de mi.
Entonces con un golpe seco cerró la puerta y quedamos en la absoluta oscuridad, entonces note como algo húmedo se deslizaba por mi oreja, su lengua, me mordió. Suavemente agarró mi mano, yo simplemente no podía decir nada, entonces deslizó mi mano por debajo de  su camisa hasta su pecho y me hizo agarrarlo con fuerza.
- No debería costarte mucho ya que no es la primera vez que lo haces.
- Pero…
- Para tu información, no llevo ropa interior hoy, así que eres libre de tocar donde quieras.
Entonces se encendió una vela que iluminó la estancia,  yo estaba estirado sobre una colchoneta agarrando sus pechos, ella sentada sobre mi pecho mirándome con su mirada inquisitiva.
- Juguemos a un juego, tienes hasta que se consuma la vela para satisfacerme ¿Ok? Hasta entonces seré toda tuya.
Entonces me puso un dedo en los labios y sello mis palabras, ya he olvidado que quería decir en ese entonces. Entonces se arrancó la camisa de golpe, todos los botones salieron disparados, me quede inmóvil, observando su cuerpo mientras ella me quitaba la camisa. Su cintura, su ombligo, sus pechos, sus pezones, todo eso era mío. Entonces ella se deslizó sensualmente hacia mis pies, y agarrando la cremallera con los dientes, me bajo la bragueta lentamente, yo solo podía quedarme inmóvil dejándole actuar, nunca había siquiera besado a una chica. Entonces introdujo una mano entre los calzoncillos y me la sacó, era como si toda la fuerza de mi cuerpo se reuniera entre mis piernas. Sin previo aviso empezó a lamer, subiendo por mi abdomen atravesando mi ombligo lentamente fluyendo como un rio, sin dejar de agarrarme con la mano, continuó subiendo hasta el pecho desviándose hasta el pezón izquierdo empezando a dar círculos a su alrededor, lamiéndolo, succionándolo, mordiéndolo. Cerré los ojos por un instante, entonces sentí un corte, en el pezón, como si algo me lo hubiera partido por la mitad y en cuanto abrí los ojos de nuevo, el brillo centelleante del filo de una espada atravesaba mi pezón a la luz de la vela, intenté soltar un grito pero ella me tapó la boca con una sonrisa malévola.
- Los hombres sois todos iguales, os dejáis perder por el sexo.
Entonces empezó a deslizar la fina espada por mi pecho inclinándola de modo que estuviera cada vez más vertical, mientras lamia apasionadamente el hilo de sangre que salía de mi pezón. Antes de que pudiera darme cuenta la espada estaba completamente en vertical apuntando a mi pecho.
- ¿Sabes? No lo has hecho del todo mal, estoy bastante mojada allí abajo, quizás te use después.
Entonces con un movimiento salvaje hundió la espada en mi pecho, si esa espada que brillaba a la luz de la vela. Habría reconocido esa espada en cualquier lugar, después de todo los samuráis siempre me habían gustado, nunca hubiera imaginado que algún día una katana atravesaría mi pecho. Pero ella, la chica simplemente se bebía la sangra que salía de mi herida como si de agua se tratase, entonces me di cuenta de que en su sonrisa perfecta sobresalían dos colmillos afilados.
-Sabes he prometido que sería tuya hasta que se consuma la vela, pero a este ritmo te vas a desangrar antes de que eso suceda, no te he clavado la espada en el corazón, pero morirás dentro de poco, ya no puedes ser salvado, una pena, pero si mueres no habré cumplido mi promesa, ¿qué puedo hacer?, quiero destrozarte el corazón y beberme tu sangre pero si lo hago morirás y no cumpliré con mi promesa, ¿alguna idea?
Su voz era dulce y calmada mientras decía estas palabras, pero aunque aterradora seguía siendo bella.
-¡Monstruo!
-¡Oh! ahora me sorprendiste, normalmente están demasiado locos por mí como para importarles que les mate, sin duda eres alguien especial, una pena que ya no tengas remedio, a ver a ver, ¿cómo puedo hacer que la vela deje de arder para poder matarte? Si solo se apagase, ¡Oh! ya se, ¿qué pasa si la apago yo misma?
Entonces la luz se apago y sentí como el acero partía mi corazón por la mitad.

miércoles, 1 de junio de 2011

Mi situación ideal

Mi situación ideal es aquella en que pueda amar y ser amado, donde tenga libertad para hacer lo que dicte mi corazón, aunque no lo haga, donde pueda jugar a vivir.  Vivir en un mundo donde tenga una rosa, una rosa a la que amar, escuchar, venerar, unos labios por los que morir y luego resucitar, esa sonrisa que ilumine el camino en la oscuridad, esos ojos que no pueda dejar de mirar, esas mejillas que anhele acariciar y tiempo, para pasarlo con ella, para escucharla, para reírme, para aburrirme a su lado, pero sentirme bien, para susurrarle el nombre a sus oídos, para alzar su alma al cielo, para hacerla volar. Solo quiero a alguien a quien amar, por quien morir y por quien luchar, por quien caerme y volverme a levantar, alguien con quien poder estar. Ese alguien especial con quien pueda aburrirme, llorar, divertirme y jugar, alguien en quien confiar, compartir el amor, sea eterno o sea fugaz, solo quiero oír los latidos de nuestro corazón fundidos en uno, aunque sea un momento, un instante, un suspiro, solamente quiero a alguien especial.

martes, 24 de mayo de 2011

Lo que oí susurrar al viento

Lo que oí susurrar al viento
Van susurrando los vientos en mis tierras que las nubes dicen haber hallado una montaña que cuenta como un desierto le explicó la historia de un sol que narraba una leyenda.
Dicha leyenda cuenta la hazañas del amor en un mundo dividido por la avaricia, en dos reinos: el bien, y el mal. Cuenta la leyenda que Dios creó a ese mundo como una maqueta del nuestro, separando el bien y el mal. Cansado de jugar con él, lo dejó en el olvido, abandonado entre tantos,  de los cuales hoy podemos ver los restos. Se cuenta que Dios antes de abandonar al olvido su juguete, quiso hacer una prueba para comprobar que el bien y el mal estaban divididos, así que dejó en el país del mal una anciana mujer indefensa pidiendo ayuda. Como era de esperar, nadie la socorrió, si no que se aprovecharon de ella. Después de comprobar que el mal era malvado fue al país de bien a averiguar si el bien era bueno, así que dejó una inmensa fortuna en el suelo. Pero nadie recogió dicho tesoro, temerosos a que su propietario no pudiera encontrarlo si lo movían del lugar. Tras diez mil años de espera, Dios se cansó de observar y se alejó de esta creación dejándola en el mundo de los difuntos recuerdos. Al partir, olvidó recoger a la pobre anciana, dejándola así tumbada por miles de siglos. Fue así hasta que un hombre del país del mal, seducido por la idea de sembrar el mal entre el país del bien. Se acercó a la frontera nunca antes cruzada por ningún ser, al llegar a este sitio se encontró con un muro invisible que no le dejaba pasar, tras pensar durante un largo tiempo como destruir ese muro, pudo distinguir a lo lejos una silueta que se acercaba. Del mismo modo que el hombre se acercó para hacer el mal, una mujer del país del bien se acercó al país del mal para ver si podía ayudar a alguien de dicho país. Cuando las miradas de estos dos individuos se cruzaron, estos pudieron leerse el uno al otro. El hombre se sintió atraído por la idea de infundir el mal a esa mujer, la mujer a su tiempo se sintió atraída por la idea de infundir el bien al hombre. Estas ideas empezaron a causar un interés en el otro que pronto se convirtió en un fuerte lazo que fue modelado hasta convertirse en amor. El deseo del hombre por cruzar esa línea y encontrarse con la mujer era de una magnitud tan grande como el deseo de la mujer por ayudar al hombre. Esto cambió la naturaleza de esas dos personas, el hombre se volvió a su mundo y pensando en la mujer empezó a sentir una curiosidad por el bien, entonces el hombre se encontró con la vieja tirada en el suelo pidiendo ayuda, la había visto miles de veces, pero simplemente la había ignorado, pero ahora guiado por su curiosidad, la levantó del suelo. Esta al ver que había sido ayudada, le dio las gracias. Después de estar pidiendo ayuda por miles de años por fin podía descansar, en agradecimiento a esto, la mujer le dio eterna lealtad. El hombre al ver el efecto de su buena obra, empezó a hacer buenas acciones y a sentirse cada vez mejor. Al verlo, algunas personas guiadas por la curiosidad y el aburrimiento empezaron a imitarle. Mientras tanto la mujer volviendo a casa, había encontrado el gran tesoro, siempre había estado allí, y nunca lo había cogido, pero si no lo cogía ella nadie lo cogería, así que guiada por su curiosidad, cogió el dinero y se lo llevó, entonces esta empezó a gastarlo desmesuradamente y al agotarse, empezó a conseguir las cosas por la fuerza para satisfacer su sed, al ver esto muchas personas empezaron a sentir curiosidad y la imitaron.
Pasado un tiempo tanto la mujer como el hombre, volvieron al mismo lugar donde todo había empezado, y al cruzar sus miradas se acercaron, entrelazaron sus palmas y fundieron sus cuerpos en un beso de amor, a partir de ese día el mundo se repartió por igual, al no albergar ni el bien ni el mal, si no ambos a la vez, las personas pudieron cruzar ese muro que des de sus inicios los separaba. Pero bueno, esto solo son los susurros que escuché decir al viento.