martes, 1 de noviembre de 2011

HELLEN (6)


VIII
La calidez de su cuerpo se fundía con el mío, recordaba perfectamente esa primera noche en el viejo molino, el roce de sus manos, sus besos, sus caricias, imágenes de esa noche bombardeaban mi cabeza en aquel sueño, sabía que era un sueño y que acabaría en cuanto despertase, pero la lujuria recorría mi cuerpo como si Joshua aún estuviera allí, pero no estaba, y yo lo sabía. El placer y el dolor se fueron apagando silenciosamente mientras una lágrima caía por mi mejilla para ver su rostro sumirse de nuevo en la penumbra.
Me desperté súbitamente en medio de la habitación, de vuelta a una realidad que me resultaba difícil de aceptar, sabía que el momento de despertar acabaría llegando, sabía que nada lo podía retrasar, era plenamente consciente de ello, pero solo quería seguir soñando con la felicidad un poco más. Aún podía sentir los labios de Joshua contra los míos, aún podía sentir su lengua acariciar mi cuerpo, aún podía sentir sus dedos reseguir mis curvas, podía recordarlo todo, cada detalle, cada sensación, pero, ¿pero porque me costaba tanto recordar su rostro? Permanecía oculto tras las sombras, difuminado por la oscuridad, estaba allí, pero no podía verlo con claridad, ese rostro que tanto había admirado, estaba empezando a caer en el olvido. La frustración me corroía por dentro, una pérfida angustia empezaba a apoderarse de mi corazón, mientras el desasosiego surcaba los mares de mi alma en busca de un amor perdido que parecía estar cada vez más lejos. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba llorando, mis mejillas ardían, pero no de tristeza o dolor, lloraban de rabia e impotencia, por aquello que no fui capaz de proteger. Me llevé las manos a los ojos, no quería llorar, quería ser fuerte, debía ser fuerte, si ni siquiera era capaz de eso jamás podría encontrarlo, nunca podría encontrar a Joshua.
Pase horas llorando, hasta que mis lagrimas se secaron, incluso después, seguí llorando por dentro. No sabía dónde estaba, lo último que recordaba era haber caído enterrada bajo un camello en una batalla que nunca debí haber librado. Todo estaba oscuro, solo unos finos rayos de luz se filtraban entre unos cáñamos entrelazados que parecían servir de puerta para entrar en la habitación vacía donde me encontraba. Descansaba sobre un montón de paja maloliente que me producía picazón en la espalda. Lo único que me venía a la cabeza era que alguien me hubiese salvado tras la batalla, pero después de haberla causado me resultaba difícil de creer que alguien se hubiera apiadado de mi, solo el gran Guh se aparecía en mi cabeza como un posible salvador. Pero algo en mi interior me decía que si hubiese sido él, todavía estaría junto a mí, pero en esa sala no había nadie, solo estaba yo. Mi cuerpo estaba adolorido, mis brazos, mi pecho, mi cabeza, la garganta, los muslos, pero sobretodo me escocían las piernas, me costaba esfuerzos intentar moverlas, reunía todas mis fuerzas, pero lo único que conseguía era un grito de dolor. El dolor me sacudía y yo gritaba, pero nadie acudía a mí, parecía que el desierto había regresado a mí, era una calma tensa y amenazante, como la anterior a una tempestad. 
Un rayo de luz irritó a mis ojos cuando ya estaban a punto de caer en el cansancio, la puerta de cáñamo se había abierto y una silueta oscura se vislumbraba de pie en la entrada, des de mi perspectiva parecía alto, muy alto, demasiado alto, ni siquiera podía levantarme del suelo y el estaba allí, alzado, con esos familiares ojos clavados en mí, no podía distinguir bien la persona, pero por alguna razón me infundía un miedo que desarmaba completamente mis fuerzas. Era una figura delgada, nada parecida al fuerte Guh que habría deseado encontrar.  Se quedó parado, en silencio, en el umbral de la puerta, mirándome, resiguiendo mi cuerpo con la mirada, después volvió a cerrar la puerta tras el dejándome de nuevo en la oscuridad. Pero ahora no estaba sola, mucho peor, estaba con él.
Podía oír el sonido de sus pasos mientras su silueta opaca se tambaleaba lentamente acercándose cada vez más. Los escasos rayos de luz que se filtraban entre la puerta me permitían ver la oscura y amenazadora silueta que me acechaba. Yo permanecía inmóvil, paralizada por un pánico irracional que se apoderaba de mi cuerpo cada vez más rápido, sabía lo que venía a continuación, lo sabía, pero lo negaba, no quería aceptar la verdad que ante mí se mostraba y eso solo hacía que alimentar el pánico que devoraba mis fuerzas. Quise decir algo, pero de nada servía, ese hombre no hablaba mi lengua, ni yo la suya. El hombre se arrodilló frente a mi mirándome a los ojos y entonces lo vi, ese era el hombre que me había encontrado en media batalla, el me había ayudado a matar a un tuareg, me había salvado y me había mirado, también era él el que me había sacado de debajo el camello y me había vuelto a mirar, me había mirado con esos ojos lascivos, con esa mirada obscena, siempre acompañada de esa sonrisa lívida que dejaba ver sus amarillentos y puntiagudos dientes. El me había rescatado de morir bajo aquel camello y me había llevado allí, me había salvado la vida y esperaba algo a cambio. Su mirada lujuriosa vaciaba mi alma y hacia recorrer un hediondo escalofrió a través de todo mi cuerpo. Me desnudaban con la mirada, ese hombre quería mi cuerpo y no pararía hasta conseguirlo. Colocó su mano en mi cintura delicadamente a la vez que desprendía el repugnante hedor de su aliento sobre mi rostro. Sus manos eran ásperas y callosas,  la piel de sus resecas yemas reseguía mi piel ascendiendo lentamente hacia mis pechos, con dulzura y delicadeza, más de la que hubiese podido esperar. Por un instante pensé en entregar mi cuerpo, en abandonar todo por lo que había recorrido tanto camino para satisfacer los deseos de ese hombre que había salvado mi vida, por un momento considere la posibilidad de abandonar mi viaje en la busca de un amor perdido, para quedarme a satisfacer los deseos del hombre que me estaba tocando. Pero enseguida pude darme cuenta de que estos pensamientos no me pertenecían, pertenecían al miedo que poblaba mi alma, miedo a no ser lo suficiente fuerte para seguir mi camino, miedo a no encontrar lo que buscaba. Mis dudas se desvanecieron por completo cuando las manos de ese hombre agarraron furiosamente mi pecho, estrujándolo entre sus dedos. Intenté darle una patada, pero mis piernas no respondían, parecían ser un fantasma del pasado. Le agarré el brazo con las dos manos intentando quitármelo de encima, pero me faltaban fuerzas para impedir que me manoseara. Entonces pude vislumbrar como su rostro se acercaba peligrosamente a mí otro pecho, siseando su viscosa lengua hacia mí. Instintivamente golpeé su rostro con mis manos, entonces el golpeó el mío y todo quedó en silencio, mientras una lagrima se derramaba por mi mejilla.
El silenció no hizo más que incrementar mi miedo, me había pegado y yo había cayado, no podía hacer mas, no quería mirar su rostro, tenía miedo de hacerlo, dejé la mirada perdida en la pared, intentando pensar en algo que me alejase de esa amarga realidad, pero nada acudía a mi cabeza. El áspero tacto de sus dedos rozó mi barbilla, agarrándola con fuerza y girándola hacia él, obligándome a mirarlo mientras susurraba unas dulces palabras que no podía comprender. Lentamente, acercó su rostro a mi cuerpo y empezó reseguir la línea de mi cuello con su húmeda y sebosa lengua, era una sensación pútrida y amarga, muy desagradable. Quería gritar, pegar y huir de allí, tan lejos como las piernas me llevaran, pero no tenía piernas, ni voz, ni fuerzas. Lentamente, dejé que esa bestia se apoderase de mi ser, pero cuando su lengua bífida rozó la comisura de mis labios, reaccioné e inmediatamente agarré su rostro intentando apartarlo de mi, pero él me agarró ambos brazos y me los sujetó contra el suelo, mi respiración era agitada , quería volar a otro lugar, quería desaparecer, quería morir. En un movimiento rápido sus labios se acolcharon contra los míos, mientras su untuosa lengua penetraba en mi interior, profanando aquello que solo mi amado había podido alcanzar. Entonces guiado como un rayo de luz en las tinieblas, se aparecieron en mi mente los recuerdos de todas las vidas que había quitado,  de cómo había cortado cuellos y atravesado corazones, como había acabado fríamente con las vidas de ocho jinetes del desierto y ni siquiera recordaba los rostros de la mayoría de ellos. Quizás era débil, una mujer pequeña en tierras extrañas, pero había matado y podía volverlo a hacer. Instantáneamente cerré mi mandíbula ferozmente, mordiendo labio y lengua.  El hombre  empezó a gemir,  revolcándose por el suelo, maldiciendo mi nombre con palabras austeras que no podía entender. En mi boca bañada por su sangre se hallaba un pedazo de lengua, un pedazo de aquel hombre que vociferaba en el suelo, su sangre inundaba mi paladar,  la sangre de aquel hombre que había osado mancillar mi cuerpo. Entonces el hombre me miró, sus ojos estaban anegados de cólera y de sus fauces brotaba sangre a arcadas formando un pequeño charco a su alrededor, el hombre cegado por su rabia desenfundo rápidamente una daga que resplandecía vivamente en la oscuridad.  Empecé a buscar algo que agarrar, algo con que defenderme, pero el oscuro suelo de esa estancia no me ofrecía mas que polvo y silencio. El hombre se abalanzó sobre mí lanzando un extraño grito ahogado por la sangre que brotaba de su lengua. Sin nada con que defenderme decidí  esquivar el golpe, milagrosamente, mis piernas acudieron a mi llamada y se movieron justo a tiempo para alejarme del frio puñal. El hombre volvió a abalanzarse sobre mí, yo interpuse mi mano en su camino y logre agarrarle la muñeca antes que la daga atravesara mi corazón. Sus ojos me miraban con rabia, con ira, deseaban matarme y estaban dispuestos a hacerlo,  sin tiempo a pensar, arrojé mis dedos contra su rostro hundiéndolos en sus ojos, durante unos instantes el hombre afligido por el dolor, dejó de agarrar con fuerza el puñal, ese instante fue suficiente para agarrarlo y hundirlo en su pecho, acabando así con el hombre que había salvado mi vida.

viernes, 21 de octubre de 2011

HELLEN (5)


VII
Por algún motivo, el frio inundaba mi cuerpo, por mucho que me acercase a la hoguera de mi habitación. Era un frio silencioso, que se adentraba en mi cuerpo como un espíritu, sentía un extraño cansancio recorriendo todo mi ser, pese a que había descansado durante todo el día. La noche era silenciosa y fresca, podía contemplar las estrellas brillar en el firmamento, tenían un brillo triste. Solo había una cosa que pudiera aliviar el extraño desazón que oprimía mi pecho. Deslicé los dedos por mis labios, mis mejillas se ruborizaron y no pude evitar soltar una sonrisa, deseaba un beso.
Bajar por el árbol y escabullirme entre los matojos del jardín fue algo fácil, llevaba años haciéndolo, la luna estaba enorme ese día. Salté por la pequeña ventana que llevaba a la cocina y me escabullí al almacén por la minúscula puerta que des de allí se abría, bajé las escaleras cuidadosamente procurando que nadie pudiera verme, luego me escondí entre un montón de toneles y cajas, allí donde siempre lo hacía, era un lugar húmedo, olía a vino y a carne seca, a especies y a pescado y a sudor, era un olor agradable, un lugar agradable, un lugar donde no debería bajar la futura heredera de esa enorme mansión. Cuando juntaba mis manos y soplaba, para imitar al sonido de un búho, yo siempre esperaba temiendo que no acudiera, pero el siempre aparecía con el rostro radiante y el pecho impregnado de sudor, con esa sonrisa de oreja a oreja que ponía cada vez que me miraba, era casi como un niño. Yo me lancé a sus brazos, el sonrió me agarró de la cintura y tras agarrarme dulcemente la barbilla, me dio un largo beso apasionado, estar entre sus brazos era lo único que necesitaba para seguir viviendo, siempre me decía que tenía una cara de boba cuando nos besábamos, pero, esa vez se quedó mirándome, me miraba a los ojos, no podía resistirlo, lo deseaba, deseaba otro beso. Nuestros labios se volvieron a acercar lentamente, podía notar el hormigueo de la pasión recorriendo mi delicado cuerpo, esas ansias de amor que no podía resistir. Pero pocos milímetros antes de que nuestros labios se juntaran el sonido de una explosión precedió a un temblor que agitó toda la mansión, note el frio impacto del suelo golpeando mi trasero. Cuando pude volver en mí ya era tarde, Joshua había desaparecido y el almacén estaba en llamas. Mi corazón estaba agitado, me encontraba desorientada, no sabía que había pasado, las cajas habían caído y me encontraba rodeada por el fuego, busqué un camino entre las llamas para llegar a la salida, pero las cajas amontonadas por el suelo servían de puente al fuego para cortar todas mis salidas, entonces conseguí divisar un pequeño agujero entre dos cajas, un estrecho hueco que podía llevarme a la salvación. Intenté escurrirme ente él, sentía como el aire me faltaba, mi cuerpo sudado me impedía moverme con agilidad, dificultando la ya difícil tarea de escurrirse por ese pequeño hueco. El agujero se estrechaba por el final y mi pecho, demasiado grande para aquella salida, se aplastaba contra las paredes de esas enormes cajas de madera, impidiéndome avanzar hacia delante. Finalmente me decidí a mirar hacia delante para encontrar algo a que agarrarme y lo vi, el fuego se extendía por una lona acercándose peligrosamente a unos barriles de pólvora. De algún modo me las apañé para retroceder por el agujero y esconderse tras unas cajas antes que la pólvora estallara, me llevé las manos a la cabeza intentando combatir el terror que mi corazón sentía. El rugido de la explosión zumbó en mis oídos incluso cuando esta hubo terminado, algo me golpeó la sien, era un objeto pequeño pero me había golpeado con fuerza, sentía un intenso dolor en la cabeza, me llevé las manos a la frente, logre palpar algo húmedo, cuando aparte mi mano para ver que era, esta estaba empapada de sangre, solté un grito desgarrador que cruzó la sala, pero nadie acudió a mí, estaba sola frente al fuego, la sangre empezaba a caer sobre mi vestido y sentía que la cabeza iba a explotarme, respiraba de forma agitada, rápidamente, pero por mucho que respiraba siempre continuaba faltándome aire, la desesperación acudía a mí, me tumbé en el suelo jadeando, no podía hacer nada, no encontraba fuerzas para seguir adelante. La sangre continuaba brotando, se deslizaba entre los surcos de mi rostro buscando un lugar donde caer, unas pocas gotas se deslizaron hacia mis labios jadeantes, esos labios, que querían un beso. El recuerdo de Joshua consiguió tranquilizarme, logré atarme un pañuelo en la cabeza para frenar la sangre que caía sobre mi rostro. Me levanté para observar a mi alrededor, la sala entera ardía, el fuego se había extendido mucho más que antes, pero la explosión había abierto un camino entre el montón de cajas caídas, me apresuré a correr hacia las escaleras, pero tropecé y me caí de bruces contra el suelo, cuando logré incorporarme de nuevo, mi costado me dolía intensamente. Me quité los zapatos de talón y los lancé furiosa contra el fuego, yo solo quería ser hermosa, solo por él. Entonces sin darme cuenta empecé a llorar, las lagrimas caían mezclándose con la sangre que bañaba mi rostro. Debía continuar, conseguí escapar del fuego y subir las escaleras que llevaban a la cocina, pero cuando crucé el umbral de la puerta, me sorprendió encontrar el mismo escenario que reinaba en el almacén, la cocina entera ardía, estaba aterrada y cada vez tenía más miedo. Un intenso ardor en mi pierna me hizo reaccionar, el fuego había trepado por las escaleras y empezaba a prender la falda de mi vestido. Me  revolqué por el suelo asustada, esa situación era más de lo que podía soportar, más de lo que podía sufrir, no quería vivir eso, deseaba estar en otro lugar, donde fuese, pero estaba allí, era parte de mi vida y debía aceptarlo. Conseguí arrancarme el pedazo de falda que ardía y lanzarlo contra el suelo. Me quedé inmóvil contemplando como ardía ese pedazo de tela, era ropa cara, siempre me habían gustado los vestidos, me pasaba tardes probármelos, los tenía a montones en mi enorme armario, aunque Joshua siempre prefería verme desnuda a mi me hacía ilusión aparecer cada vez con unas ropas diferentes, aunque él no se diera cuenta, quería, quería ser la más hermosa, para que el la quisiera mas y mas. Pero esos recuerdos no hacían sino alimentar mis lagrimas y hundirme en la desesperación, la angustia que la comía por dentro, era de algún modo, lo que le daba fuerzas para seguir adelante, no quería quedarse sintiendo ese terror, quería escapar para volver junto a su amado. Las paredes de la mansión ardían, había pasado cientos de veces por aquellos pasillos, pero esa era la última, jamás volvería a pisar aquella alfombra ni a ver esos cuadros que decoraban la pared. Conseguí salir al patio y arrastrarme con mis escasas fuerzas hacia el camino donde las llamas no podían alcanzarme, y entonces me giré para verlo, para ver como el lugar donde había nacido y crecido, donde había amado y sufrido donde había pasado su vida, ardía, ardía y se sumía en las llamas para no regresar jamás. Pero a pesar de las intensas llamas que la rodeaban sentía un intenso frio, un frio sereno como el de una noche, como, como el de un desierto, entonces un susurro lejano me hizo despertar de esa pesadilla para regresar a la realidad.
Abrí los ojos, mis miembros estaban completamente entumecidos, no podía moverlos lo mas mínimo, la costra de sangre seca que me cubría los ojos me impedía abrirlos con claridad, aunque de nada hubiese servido, la cabeza del gran tuareg reposaba sobre mi impidiéndome ver nada más. Estaba viva, pero no iba a estarlo por mucho mas, los primero rayos de sol empezaban a iluminar la escena, había logrado sobrevivir al frio de la noche pero dudaba que el día fuera tan benévolo, sentía la garganta reseca y lo único que aún tenía fuerzas para hacer era mantener los ojos abiertos, porqué sabia que en cuanto los cerrase, no se volverían a abrir. Entonces volví a oír un ruido, el mismo ruido que me había despertado, el ruido de unos pasos, unos pasos que se acercaban, me hubiera gustado gritar, gritar pidiendo ayuda, pero mi garganta no respondía, no debía lucir diferente a un muerto. Pero los pasos continuaron acercándose, lentamente, entonces pude apreciar una silueta, y noté como el peso del tuareg caído sobre mi se desvanecía. Algo húmedo y caliente cayó sobre mi cabeza, parecía un pañuelo, o un trapo, pero no tenía fuerzas como para levantar la mano y comprobarlo, la noche me había usurpado las pocas que me quedaban. Entonces apareció ante mí un rostro, de piel morena y oscuros ojos, era un rostro que ya había visto antes, unos rasgos que recordaba haber visto recientemente, entonces advertí su mirada y recordé quien era, esos ojos, no me miraban como una persona, me miraban como a una mujer.

domingo, 16 de octubre de 2011

HELLEN (4)



VI
El color opaco de la sangre me cubría los ojos nublando mi visión. El aturdimiento recorría mi cuerpo acercándome a la muerte y un gran peso aplastaba mis piernas impidiéndome escapar. No podía ver nada, y apenas lograba distinguir entre los sonidos de recuerdos lejanos y  el murmullo de la batalla. Me encontraba indefensa, expuesta, sentía como si mi vida hubiese acabado allí, para eso había servido sacrificar al avaricioso Absalom, unas lágrimas recorrían mis mejillas, no estaba triste, no sentía nada especial, simplemente lloraba, lloraba por… ¿Por qué lloraba? Decidí luchar y acabé vencida, ese era el destino que me había tocado vivir, pero no lograba conformarme con él. Intenté salir arrastrándome de ese lugar, pero mis escasas fuerzas se desvanecían en la arena, el único lugar donde podía agarrarme. Todo había acabado mal, no, más bien todo había empezado mal…
Cuando Guh paró de golpear contra la pared aquel pedazo de carne que había sido su amo una sonrisa triste se dibujó en su rostro, su cautiverio había cesado, pero las pesadillas lo perseguirían de por vida. Mientras Guh cometía su masacre los jinetes del desierto, montados sobre sus grandes camellos no habían esperado en vano, se habían organizado, se habían reagrupado y ahora empezaban a cabalgar contra el pueblo en busca de una masacre. Entre las cuatro chozas que lucían erigidas retando a los vientos del desierto los hombres y mujeres se habían quedado quietos sin saber que contemplar,  el terrorífico asesinato del comerciante Absalom, o el aún más terrible grupo de tuaregs preparándose para la batalla. Los hombres de Absalom fueron los primeros en ponerse en movimiento, en cuanto se dieron cuenta que no había posible negociación, que los jinetes del desierto atacaban con intención de llevarse consigo todas las vidas del lugar, empezaron a correr. Algunos intentaron huir llevándose consigo al camello más cargado que encontraran, pero la avaricia los llevó a la muerte, esos fueron las primeras vidas que segaron los hombres del desierto. La mayoría pero, se acercó a los camellos para agarrar, dagas, cuchillos, espadas o cualquier cosa afilada con la que matar. Después de ver sus movimientos, muchos de los aldeanos siguieron sus pasos adentrándose en sus chozas para volver a salir con armas rudimentarias con las que poder evitar la muerte. Pero algunos eligieron quedarse asomados en las ventanas de sus casas rezando a algún dios o simplemente paralizados ante el escenario que ante ellos se mostraba. Cuando Guh recobró su ser, y se dio cuenta del escenario que le rodeaba, la batalla ya había empezado a desarrollarse, primero los jinetes habían atacado sin piedad a los que habían intentado huir, atravesándolos con sus largas lanzas procurando no dañar a sus camellos. Habían sido muertes rápidas i crueles. Los tuaregs se lo habían tomado como un juego, atacar a unos desertores que habían escogido huir antes que luchar, no tenía la menor dificultad para ellos. Sus camellos eran ligeros y rápidos. Pero los que habían decidido huir montaban bestias de carga, recubiertas por una pesada armadura de valiosas mercancías. Ninguno de los que intentó huir de aquel poblado logró sobrevivir. Después de eso, los tuaregs empezaron a dar vueltas alrededor del poblado, escaneándolo, buscando aperturas, sonriendo, eran guerreros del desierto y se enfrentaban a un puñado de aldeanos y comerciantes que apenas sabían empuñar una arma. Cuanto más tiempo tardaban los jinetes en atacar, más nerviosa se ponían las gentes del lugar. Algunos soltaron las armas y empezaron a correr incluso antes de que estos atacaran. Pese al tiempo que habían tardado en atacar, cuando lo hicieron arrasaron, pillando por sorpresa a su enemigo, que no estaba preparado para el asalto, ellos eran un grupo de guerreros sobre sus monturas y luchaban contra unos hombres que apenas se sostenían en pie y les costaba trabajos empuñar correctamente sus armas. El primer ataque fue corto y letal, atacaron a discreción, agitando sus largas lanzas y clavándolas en sus enemigos, después de eso se retiraron para volver a atacar pocos segundos después, esta vez el pueblo respondió mejor a su ofensiva, así que al tercer asalto empezaron a atacar sin discreción acabando con tantos como pudieran. Fue entonces cuando Guh se dio cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Al ver el panorama que lo rodeaba, no tardó ni un segundo a acercarse a su montura y agarrar una enorme espada curvada a juego con su colección de músculos. Yo me había quedado junto a él, observando su masacre y después observando su silencio. Era consciente de la situación que me rodeaba, pero por algún motivo, me había quedado allí junto a aquel hombre. Un jinete se acercó a Guh apuntando su lanza hacia el corazón de su enemigo. Pero con un salto Guh se puso fuera del alcance del arma, al otro lado del camello y golpeando con todas sus fuerzas rebanó la pierna del camello. La bestia y su jinete cayeron a los pies de aquella musculosa sombra, que no dudó en hundir su espada en el cráneo del jinete caído. Ese gesto me hizo reaccionar a mí también, la batalla se estaba desarrollando de una forma negativamente inesperada, los hombres del desierto estaban masacrando a los lugareños sin dificultades y parecía que el único en ese pueblo capaz de rivalizar contra ellos fuera Guh y eso no sería suficiente. Cuando Guh fue corriendo en busca de otro enemigo al que abatir yo me dirigí corriendo hacia el hombre tendido en el suelo y agarré la espada que el guerrero había dejadado sin desenvainar. Era una espada curva, no demasiado pesada y suficientemente grande para mi, entonces guardé mi daga, que hasta aquel momento había agarrado firmemente. Por algún motivo tenerla guardada en el cinto me proporcionaba una seguridad que en esos momentos necesitaba. Entonces observé a mí alrededor y me dirigí hacia un jinete aislado que perseguía a una mujer que corría desesperadamente tratando de salvar su vida. Cuando llegué frente a él, esa mujer yacía muerta en el suelo con un agujero atravesando su pecho, la arena del desierto succionaba su sangre mientras el guerrero que había acabado con ella me contemplaba con ojos de depredador. Yo simplemente coloqué mi espada frente a mí en posición de defensa. El hombre agitó su lanza con la intención de cortarme el cuello, yo logré desviarla con mi espada, pero el filo rasgó mi pierna. En cuanto lo intentó por segunda vez interpuse mi espada en el ataque, como resultado caí al suelo junto a un pedazo de lanza. El hombre lanzó al suelo los restos de su lanza y desenfundó su espada, algo más grande que la que yo sostenía. Casi instintivamente, agarré el  pedazo de lanza que había logrado cortar y lo lancé contra mi enemigo, muy lejos de acertar la punta de la lanza se clavó en el estómago del camello, haciendo que se tambalease hacia el suelo. El jinete, cayó al suelo, pero se incorporó rápidamente, mirándome con su espada en la mano. Entonces uno de los comerciantes de Absalom se acercó por detrás intentando cortarle la cabeza, pero este paró su ataque, entonces yo me acerqué y hundí mi espada en el costado del guerrero que cayó al suelo gimiendo de dolor. El hombre de Absalom le rajó el cuello al jinete, me miró un instante y salió corriendo hacia otro enemigo. Su mirada no contenía odio, ni siquiera parecía haberle molestado el hecho de que hubiera provocado toda esa situación, el me miraba como a una mujer.
El viento empezaba a soplar por el norte y la arena se levantaba formando una espesa neblina de arena que escondía los últimos reductos de la batalla, había matado a tres hombres, pero mi herida en la pierna me dolía a cada paso y no paraba de sangrar. No sabía quién ganaba y quien perdía, apenas podía oír los murmullos de la batalla, los últimos rayos de sol caían entre la neblina de arena apenas iluminando el escenario, entonces lo vi, cortando la cabeza de un hombre, el líder de los tuaregs, montado sobre su camello blanco. Primero me asusté, pero luego me di cuenta de que no podía verme, y el viento tampoco le permitiría oírme si me acercaba, tanto su ojo inservible como el viento jugaban a mi favor, además la escasa luz y la neblina de arena que se alzaba a escasos metros del suelo parecían ser un escondite  idóneo para acercarse sin ser visto. Esa era mi oportunidad, entonces empecé a correr contra él, cuando estuve a menos de un metro del camello blanco, el hombre giró su cabeza hacia mí, pero ya era demasiado tarde, agarré la espada con fuerza y la hundí en el vientre del animal. El camello soltó un gemido agudo y cayó sobre mi aplastándome las piernas, tras él, cayó su jinete, justo encima de mí. Nuestros rostros apenas estaban separados por unos escasos centímetros, el hombre parecía aturdido, le había pillado por sorpresa, intenté buscar mi espada, pero estaba completamente hundida en el vientre del animal. Entonces el hombre recobró el sentido, una de sus piernas también había quedado atrapada bajo su montura, así que tenía dificultades para moverse, su espada había caído demasiado lejos como para agarrarla, así que rodeó mi cuello con sus manos, estrangulándome, su rostro dejaba intuir una sonrisa rabiosa que mostraba una fila de afilados y amarillentos, dientes que parecía que fueran a devorarme. Pude agarrarlo, mi daga. Con un movimiento rápido logré inyectar la daga en su garganta, una cascada de sangre regó mis ojos nublando mi visión, mientras intentaba respirar desesperadamente, pero pese a que el hombre estaba muerto, sus manos continuaban agarrando mi cuello con fuerza. Finalmente, reuniendo mis últimos esfuerzos logré despegar sus manos de mi cuello. No podía ver nada, apenas podía oír algo, el peso del camello me impedía escapar y el cadáver de ese hombre me impedía moverme, el aturdimiento de la batalla empezaba a caer sobre mi impidiéndome pensar con claridad, a la vez que un profundo desazón invadía mi cuerpo, sentía una sensación similar a cuando el hombre me estaba estrangulando, casi sentía como si no pudiese respirar. El sonido de los granos de arena repicando a mí alrededor era lo único que me indicaba que seguía con vida, pero mi cuerpo se sentía sin fuerzas y mis pensamientos empezaban a trasladarse a otro lugar.

martes, 11 de octubre de 2011

HELLEN (3)




V
Empecé a correr tan rápido como las piernas me lo permitieron, hacia un camello, pero una piedra me hizo tragar la arena, una arena seca y amarga. Cuando me levanté me di cuenta que no tenía a donde huir: si escapaba, ellos me atraparían; si me escondía, ellos me encontrarían y si luchaba… si luchaba ellos me matarían. El sonido de los granos de arena crujiendo entre mis dientes no hacía más que aumentar mi desazón, algo húmedo se deslizaba por mi barbilla, me llevé la mano a los labios, la sangre me brotaba caudalosamente llenando mi arenosa boca con el líquido escarlata. No pude evitar tragar y limpiarme la boca con la manga. Cuando me volví a mirar, el grupo de tuaregs se había parado a unos doscientos metros del poblado. Uno de ellos se había acercado y estaba hablando a gritos con Absalom que se mantenía firme con su gran siervo a su lado. El hombre que se había acercado, era imponente con su gran camello blanco y su colección de dagas encintadas  en el pecho sobre su túnica azul y su larga lanza que apuntaba a Absalom amenazante. Lucía una piel morena y demacrada por el sol y un poblado bigote carbonizado bajo su afilada nariz, su ojo derecho lucía una cicatriz que lo atravesaba por completo, pero esta se veía compensada por el trozo de carne que le faltaba en la comisura izquierda, un pedazo de labio había sido arrancado, la carne aún mantenía su color rojo, aunque la cicatriz parecía antigua, a través del agujero, podían verse claramente sus amarillentos dientes. Su túnica era más limpia y elegante que la de todos sus compañeros, pero los tonos azul y blanco  continuaban siendo dominantes. Pero por muy imponente que pareciera ese hombre, montado sobre su enorme camello blanco, empalidecía al lado de Guh tan alto que casi podía mirar al jinete a los ojos, tan oscuro que parecía que para él solo existiese la noche y tan musculoso que daba la sensación de que podría haber levantado al camello de haberlo querido. El hombre en el camello, intentaba disimularlo pero yo podía ver perfectamente como el gigante negro lo intimidaba. Absalom, tan pequeño y encorvado apenas lograba llegar a las rodillas de su esclavo. Si no fuera por su constante parloteo, pasaría desapercibido, no podía entender nada de lo que estaban hablando, pero si entendía algo, de esa conversación dependía mi futuro. El hombre del camello hablaba a gritos como si cada palabra tuviera que ser más alta que la anterior, escupiendo a lado y lado del camello cada vez que Absalom acababa una frase y blandiendo su lanza cual dedo señalándome continuamente. Contrariamente, Absalom hablaba con un tono de voz que inspiraba respeto y educación, con frases largas y solemnes que parecían rozar la perfección del diálogo. Finalmente terminaron de hablar, hubo unos segundos de silencio, entonces el hombre del camello giró su cabeza hacia mí y me miró con su ojo bueno, de un color amarillo arenoso, su mirada era contundente y agresiva, casi parecía poder matarme con ella. Mientras tanto su otro ojo, completamente pálido, colgaba mirando hacia abajo con una pupila casi borrada por el blanco que parecía perderse entre las arenas del desierto. Absalom se giró hacia mí. Yo agarré el puñal con fuerza, me había acostumbrado a llevarlo apegado día y noche, éste era más grande que el que había perdido en el pecho  de uno de los compañeros de aquel hombre que me miraba fijamente, pero no dudaría en usarlo si mi vida volviese a estar en peligro. Cuando Absalom logró colocarse a unos pasos de mi hizo una mueca que imitaba a una sonrisa, entonces lo supe, supe que no iba a morir.
- Ya puedes estar contenta, he tenido que dar cinco camellos para salvar tu vida, he conseguido engañarles para pagarles lo mismo que tú les quitaste.
Desvió su mirada, hacia como si no le importase, pero se notaba que en realidad lo había hecho por mí. Entonces miré al hombre del camello otra vez, estaba sonriendo, algo andaba mal. Entonces sentí un golpe en la cadera y antes de que pudiera darme cuenta, Guh me había agarrado de tal forma que no podía moverme.
-¿Pero?
No entendía lo que estaba pasando, ni se me pasó por la cabeza que Absalom pudiera haberme mentido.
- Niña ilusa, no habría dado ni una moneda por ti, si te mantuve con vida es porque tenía la esperanza de poder prostituirte en cuanto llegáramos a Basha, pero al parecer no podré hacer ni eso.
¿Me había mentido? Eso no entraba en mi cabeza, me parecía imposible, por sus movimientos, su tono de voz, en ese momento me estaba diciendo la verdad. Pero en cuanto recordé la sonrisa malévola del hombre del camello todo encajó.
- ¡Maldito!
- Maldice lo que quieras, pero he conseguido arrancarles veinte Kahs a cambio de tu cabeza, me parece un precio más que razonable. Mira bonita, no me mires así, el arma de un guerrero es su espada, la de un juglar sus canciones, la de una mujer son sus tetas, la de un comerciante son las mentiras y no basta mentir con palabras, debes aprender a mentir con el rostro y con el cuerpo. Debes creerte tu propia mentira, de lo contrario, algún día serás descubierto. Si tienes algo de suerte te violaran antes de matarte, lo siento por ti pero lo único que puedo decirte es que tú ya estabas muerta cuando entraste en este desierto.
Absalón había movido sus fichas de la mejor manera posible, había logrado vender algo que ni siquiera era suyo, era un trato perfecto, pero yo no pensaba conformarme con ser una de las fichas de su juego. Yo también podía mover mis fichas, solo tenía que encontrar la jugada que me permitiese salir de ese aprieto. No podía escapar, en el caso que lograse deshacerme de los robustos bíceps de Guh, no podría ni andar dos pasos antes de que este pudiera volver a atraparme. Y aunque no lo hiciera, lo haría el hombre del camello blanco y aunque por un golpe de suerte lograra matarlo no tenía ninguna posibilidad de lograr salir victoriosa contra sus compañeros que aguardaban varios metros atrás. Solo había una posibilidad y era enfrentar a los dos grupos, si todos los que había en el poblado luchaban contra los Tuareg existía la posibilidad de  sobrevivir. Pero Absalom jamás movería un dedo por mí, eso lo había aprendido. Sabía que si alguien atacaba a los hombres de los camellos, estos no dudarían en acabar con todo el pueblo y esa era mi única oportunidad de ofrecer batalla, pero no sabía cómo instigar a esos hombres apavoridos que miraban la escena escondidos tras los edificios. Sabía que uno sería suficiente para desencadenar la tormenta, solo uno. Empecé a pensar en las Historias que me había contado Absalom, en alguna de ellas podía haber alguna situación similar, una pista, pero nada parecía servirme. Entonces me vino a la cabeza, como un rayo de luz una voz en el recuerdo, una frase que lo cambiaba todo.
-No pienso dejar que ese inútil me salve la vida, lo veo en sus ojos, en cuanto ese zopenco me devuelva el favor que tanto espera, me arrancará la cabeza, me odia más que a cualquier cosa en el mundo.
Entonces todo estuvo claro, la jugada perfecta, pude sentir como si mi cuerpo se llenase de energía y contorsionándome con un movimiento rápido logré escurrirme entre los brazos de Guh. Entonces empecé a correr mientras me llevaba la mano al cinto, cuando mi daga abrazó el cuello de Absalom Guh apenas había logrado girarse.
- ¿Se puede saber qué haces?
Absalom parecía asustado, aunque había aprendido de mis errores, no podía estar segura ni siquiera de eso.
- Sobrevivir.
Mi respuesta había sido rápida y fugaz, no me interesaba el parloteo del anciano, sabía que si lo escuchaba, podría acabar cayendo en sus artes del engaño. Mi mirada estaba fija, en los ojos de Guh, esos ojos fríos, casi podía ver un destello de alegría en ellos.
- Vamos cálmate mujer, veo que eres más lista de lo que creía, convenceré a los Tuareg para que te dejen libre.
Apreté el cuchillo contra su cuello, una gota de sangre empezó a brotar por la hoja de la daga.
- De acuerdo, ya lo entiendo, si hace falta les entregaré todas mis mercancías, si hago eso no podrán negarse.
Su voz era seductora, casi me dejé llevar por sus ideas, pero ¿cómo iba a aceptar unas condiciones que se firmarían en un lenguaje que no entendía? Entonces agarré con fuerza al viejo Absalom y dejé deslizar mi cuchillo a propósito, el cuchillo cayó suavemente sobre la arena, y antes de que pudiera recogerlo Guh había saltado frente a mí y me había arrancado de las manos a su amo. Entonces el hombre se me quedó mirando con el puño alzado y esos ojos tan fríos, casi vacíos. Yo me agaché lentamente y recogí la daga del suelo. Absalom empezó a balbucear unas palabras mientras se palpaba el rasguño que le había hecho en el cuello. Sabía lo que estaba diciendo, aunque no entendiese su lengua, no me hacía falta. <¡Matala!> eso decía, lo repetía una y otra vez, con distintas palabras, lo gritaba, lo ordenaba.  Miré los ojos de ese gigante negro, eran unos ojos agradecidos, los ojos de un hombre libre. Cuando Guh se giró hacia el que había sido su amo, Absalom supo que había perdido, simplemente se quedó observando con horror a aquel hombre negro al que había apodado Guh, más tarde descubrí que esa palabra significaba escupir en el idioma que Guh hablaba y que Absalom se lo había puesto para recordarle su valor.  El rostro de Absalom, mostró entonces lo que seguramente era la primera expresión verdadera des de que lo había conocido, un rostro lleno de pánico y horror, paralizado frente a la muerte inminente. Entonces Guh agarró al viejo enclenque por la cabeza, con una sola mano. Acercó esos ojos a pavoridos a esa mirada libre y llena de rabia, para Absalóm esa mirada fue mucho más terrible que su sanguinario final. Cuando Guh hubo descargado toda su mirada en su víctima, agarró el cráneo del hombre con fuerza y lo estampó contra la pared, en él se abrió una brecha y empezó a brotar sangre, que más tarde regaría las arenas de ese pueblo. Entonces Guh se quedó un instante mirando el rostro agonizante de su antigua pesadilla y empezó a golpear esa cabeza contra el muro una y otra vez, cada vez con más fuerza que la anterior, un golpe, tras otro, tras otro. Hasta que en su mano solo quedaron recuerdos de una vida pasada.

domingo, 9 de octubre de 2011

HELLEN (2)

La travesía del desierto estaba resultando ser más dura de lo que había imaginado, pese a que estaba suficientemente abastecida y podía dormir junto a una hoguera, el agotamiento acumulado de todo el viaje estaba cayendo sobre mí, al final de cada jornada acababa exhausta, deseando acurrucarme junto a una hoguera y dormir plácidamente sobre el lecho de arena, pero Absalóm no me trataba diferente que a los demás trabajadores, mientras el fumaba los demás corrían de un sitio para otro cargando mercancías de aquí para allá,  asegurando la zona, alimentando a los camellos y haciendo un sinfín de tareas para prepararlo todo para el día siguiente. En cuanto a mí, Absalom me obligaba a darle masajes y lavarle los pies. Me había convertido en una especie de asistente personal, que debía cumplir todos los deseos de ese viejo encorvado.
- Eres la única con algo de delicadeza aquí, aunque sigues siendo una bruta.
Le decía siempre que ella intentaba negarse a sus peticiones. Pocos días atrás, Absalom le había contado mientras recibía un masaje como había conocido a Guh, al parecer en el pueblo de Guh se creía que si un hombre te salvaba la vida debías servirlo hasta devolverle el favor.
-No pienso dejar que ese inútil me salve la vida, lo veo en sus ojos, en cuanto ese zopenco me devuelva el favor que tanto espera, me arrancara la cabeza, me odia más que a cualquier cosa en el mundo.
Guh permanecía siempre callado e impasible, obedeciendo sin rechistar las tareas que le mandaba su amo, pero en sus ojos podía verse un destello de odio cada vez que miraba a Absalom. Me costaba imaginarme a ese viejo canoso, que se pasaba el día borracho, salvándole la vida al pobre de Guh. Pero cuando las palabras brotaban de los labios del gran Absalom, lo increíble se hacía creíble y la realidad pasaba a ser un mundo lejano.
- Hace más de veinte años viajé desamparado por las lejanas tierras de Kalajan, en un desierto cien veces más grande y ardiente que este, donde según la leyenda, el gran guerrero Kagh Azzul tiñó las arenas con la sangre de sus enemigos. Yo lo he comprobado en persona y esas arenas huelen a sangre y portan el mismo color que el que corre por nuestras venas. Se dice que el odio de sus enemigos desolados aún vaga por el desierto buscando venganza y llevándose consigo las vidas de los viajeros que osan cruzar su tumba. Yo mismo pude comprobar cómo los espíritus se llevaban mis mercancías una a una junto a los hombres que las transportaban. Fue una travesía arriesgada y peligrosa y a excepción de mi vida perdí todo lo demás, más de cien camellos y cincuenta hombres con sus respectivas mercancías, una perdida que aún hoy me entristece. Viajamos durante semanas, aunque más bien parecieron siglos. Los hombres fueron cayendo uno tras otro, incluso los camellos se desorientaban, puede que alguno lograra salir de ese infierno de arenas escarlatas, aunque apostaría 500Kahs a que fui el único superviviente en ese viaje al mismísimo infierno. Finalmente después de haber perdido a todos mis hombres y mercancías, habiéndome comido varios días atrás al último de mis camellos, logré alcanzar con unas pocas monedas en los bolsillos, el pueblo de ese malnacido de Guh, esos malditos caníbales querían devorarme, pero conseguí engañarles. Un buen comerciante debe conocer las costumbres y leyendas de los lugares que visita, fui capaz de convencerles de que era un enviado de los dioses que venía a comprobar el buen corazón de las gentes de esos rincones del mundo. Pero los muy desgraciados solo adoraban al dios de la batalla y así que para comprobar mi identidad me dieron una espada para que luchara contra el hombre más fuerte de su tribu, un gigante más negro que la noche, con unas manos tan grandes que con una sola, podría aplastar una sandía. Consciente de que me era imposible vencer a semejante monstruosidad, les sugerí, astutamente, realizar una celebración por mi victoria antes del combate. Los ignorantes aceptaron mi propuesta, solo tuve que añadir unas gotas de veneno en la bebida de ese gigante para que se quedara inmovilizado en medio combate, en el estado en que se encontraba desparramar sus vísceras por el suelo fue más sencillo que cortar una zanahoria. Esos idiotas me adoraron y me dieron todas sus riquezas, demasiado pocas para mi gusto. Y de regalo con todo lo necesario para recuperar mi fortuna vino este estúpido de Guh. Al parecer, al matar a ese gigante de nombre impronunciable evite la muerte del chico que había sido condenado por acostarse con la esposa del gigantón, al acabar con este yo salvé su vida y a cambio el me dio su servidumbre. No tardó mucho en darse cuenta de mi juego sucio, pero cuando lo hizo  yo ya estaba lejos de aquel maldito desierto y él ya había jurado servirme. Aunque admito que a veces es escalofriante oír como maldice mi nombre en sueños.
Me había contado decenas de historias, algunas de fantásticas, con dragones centauros y un sinfín de seres mágicos. Otras de amores imposibles y otras de hazañas increíbles. Cuando pensaba en ello podías darte cuenta de que esas historias estaban más basadas en sus fantasías que en sus vivencias. Pero mientras Absalom hablaba no había palabra que tuviera espacio fuera de la realidad, su historia pasaba a ser la realidad y la realidad pasaba a ser un sueño lejano. Le gustaba contar historias, aunque siempre hiciese como si fuera un estorbo hacerlo. La última historia que oí de él fue la de una bella princesa con ojos como la luna y cabellos como la noche a la que logró enamorar, la chica planeó una fuga para marcharse con Absalom, pero al parecer su guardia de confianza, la única persona a quien contaba sus intimidades, estaba secretamente enamorado de ella y prefirió matarla y luego suicidarse antes que verla partir. Absalom contó esa historia con una voz triste y amarga, casi parecía que esa historia también fuera real.
Era un atardecer precioso y el grupo de mercantes se había aposentado en un pequeño pueblo  en los límites del desierto. Según Absalom, ya quedaban pocos días para llegar a la gran Basha, la ciudad de blanco. Decía que sus edificios eran una mancha blanca en el desierto, construida alrededor de un gran Oasis. Era una esperanza para muchos viajeros y según Absalom una inspiración divina para muchos profetas. Pero esa ciudad aún estaba lejos de nuestro alcance. Tanto los camellos como los hombres estaban agotados tras la larga travesía y Absalom había ordenado  guardar reposo durante tres días. Llevábamos allí des de la mañana,  la cual me había pasado durmiendo, ahora el sueño había huido de mi cuerpo y su vacío había sido llenado por una extraña sensación de incertidumbre. El sol empezaba a caer por el horizonte, hundiéndose en el mar de arenas, me quede mirando ese precioso paisaje anaranjado. El desierto era aterrador sin duda, lo había experimentado. Pero ahora, ahora solo podía admirar su belleza.
Entonces frente al sol poniente aparecieron varias manchas negras, cada vez más y más cercanas, extrañas siluetas abultadas con largos palos tambaleantes. Eran unas formas familiares, el terror empezó a inundar mi cuerpo. Entonces un hombre gritó algo, me pareció oír la palabra “tuareg”. Los tuaregs se acercaban, cada vez más grandes, cada vez más cercanos, venían y eran muchos y venían a por mí.