jueves, 2 de febrero de 2012

Un cuento en el desierto

Un cuento en el desierto
Las chispas de fuego danzaban sobre la hoguera desafiando la fría brisa del  desierto en calma. El silencio era total i absoluto, solo el silbido de la ventisca y el crujido de las llamas interrumpían la sosegada noche. El cielo plagado de estrellas se cernía sobre nosotros como un inavastable océano de oscuridad y dentro de ese océano infinito se escondían las luces más brillantes y puras que el universo hubiera concebido jamás. Eran pequeñas, diminutas pero brillaban con tal pureza que casi podías beber su tenue luz. Las grandes dunas de arena que plagaban el desierto se veían ahora reducidas a simples siluetas oscuras que con la magia de sus curvas moldeaban el paisaje para darle vida. El calor de la hoguera era lo único que nos mantenía a salvo del frio fantasmagórico que penetraba junto al silencio en ese mar de arena. El anciano decrépito que me acompañaba en esa larga travesía lucia adormecido, reposando su frágil cabeza sobre sus estriadas manos. Sus ojos entrecerrados seguían encandilados, los movimientos acrobáticos de las llamas con un aire a nostalgia. Sus párpados medio caídos reflejaban el peso de los años en sus espaldas. Su respiración ronca y entrecortada, parecía anunciar un inminente desmayo que nunca llegaba, al compas de ésta, el anciano acariciaba lentamente su larga barba blanca que le colgaba del mentón cual cascada espumosa. No sabía más de ese anciano que los granos de arena que nos rodeaban y solo un dudoso vínculo de sangre nos mantenía unidos. Mi madre me había dicho que era mi abuelo y que me fuera con él a ver mundo, pero cada vez más, la teoría que había pagado al viejo para que se me llevara cobraba más fuerza. Durante las últimas semanas mi madre había dejado insatisfechos a varios clientes importantes, había estado estresada, nerviosa, la angustia carcomía su ya debilitada mente. Nunca había temido a la muerte, al menos no a la suya, pero en cuanto se trataba de su hijo, la cosa cambiaba. Decía que yo era el hijo del único hombre al que había amado, aunque yo sabía que eso también era una mentira, como tantas. Mi madre había sido siempre, pese a su oficio, una mujer de buena fe, manipulada y usada por todos, había tratado de proteger a su hijo con mentiras, pero mentir no estaba en su naturaleza y si no podía engañar a sus clientes, menos podía hacerlo con su hijo. No me importaban las mentiras, no me importaba irme a otro lugar, lo que me atormentaba era dejar a mi madre sola.  Una ráfaga repentina sacudió el fuego, iluminó mi rostro. Las intensas llamas se vieron reflejadas en las lágrimas que se deslizaban sinuosamente a través de mis mejillas. Solo fue un instante fugaz un destello espontáneo, apenas pude darme cuenta del calor salpicando mi rostro. Pero el anciano si pareció percatarse de ello. De repente se alzó i empezó a hervir agua en una pequeña vasija, sus movimientos eran lentos y calmados como el propio desierto, pero sus pasos eran cortos y bruscos, sus piernas parecían estar a punto de desmoronarse por su propio peso, pero no lo hicieron. Cuando el agua empezó a hervir, el anciano echó unas hierbas al agua, su aroma encandilaba el ambiente con un tono místico. Acto seguido se volvió a sentar, pero esta vez a mi lado, se quedó un largo rato contemplando las estrellas, mientras la fragancia de las hierbas se esparcía en todas direcciones.
- Cuando yo perdí a mi madre, lloré durante días.
El tono amable i sereno de su voz me sorprendió, lo había imaginado como un viejo cascarrabias que se pasaba las horas quejándose y dando órdenes, pero ahora me daba cuenta de que era la primera vez que oía su voz.
-No estoy llorando
La mentira podía olerse en cada palabra, yo lo sabía, pero aún así, inducido por un orgullo absurdo, empecé a sentir rabia por ese anciano que me había llevado lejos de mi madre que tanto me necesitaba.
- Pues yo sí que lo hacía y mucho.
Sus palabras eran sinceras, su serenidad era tal que junto al aroma que se esparcía por el aire me transmitían una necesidad casi asfixiante de decir la verdad, de soltar todo el dolor que oprimía mi pecho y de unirme a la serenidad del paisaje.
-Lo siento, si que estoy llorando…
El alivio que sentí al reconocer la verdad que mi madre me había enseñado a ocultar me hizo derramar una lágrima más y otra y otra, hasta que acabé gritando a pleno pulmón, descargando toda la rabia que se había acumulado durante los últimos días de viaje. Después de eso, el anciano me ofreció un tazón de sopa que yo bebí apuradamente. Cuando se lo entregué de nuevo, dándole las gracias, él, simplemente lo agarró lo volvió a llenar y me lo entregó de nuevo junto a una amable sonrisa, él, no había comido des de hacia ya varios días, ninguno de los dos lo habíamos hecho y era lo suficiente listo para adivinar que esas eran las últimas provisiones que nos quedaban, pero yo acepte el tazón de buena gana. Pasó un largo rato en silencio, mientras yo me bebía el tazón con calma, esperaba que el anciano dijera algo, hasta que comprendí que era yo quien debía hablar.
- Mi madre, me contaba un cuento antes de acostarme cuando era pequeño… lo hacía cada noche y cada noche era el mismo, recuerdo que no me gustaba pero, era el único momento en que mi madre sonreía… daría lo que fuera por volver a oír ese cuento.
El anciano pasó largo rato mirando fijamente las estrellas, inmóvil, como meditando, cuando empezaba a convencerme de que no me había oído contestó.
- Yo sé muchos cuentos.
Durante un instante, mi rostro se iluminó y volvieron a mi mente los recuerdos de aquellas noches acurrucado en la cama de los cuartos traseros del burdel oyendo a mi madre cantar la historia de un humilde molinero que llegaba a ser rey.
- Mi madre me cantaba el mismo cuento cada noche…
El anciano se quedó unos instantes observando la arena antes de contestar.
- Hubo un tiempo en que cantaba canciones y cuentos en cortes y pueblos, pero ahora solo soy un viejo anciano cuya voz no tiene ni el cabal ni la avidez para adentrarse en esos relatos juglarescos.
Las manos del anciano arrugadas y famélicas como estaban se agarraban con fuerza a sus rodillas mientras sus ojos transmitían la nostalgia triste de tiempos pasados.
- Yo creo que aún tenéis fuerza suficiente para entonar un cuento más.
Esta vez el anciano se me quedó mirando fijamente a los ojos, como escudriñando en mi interior, leyendo mi alma, buscando la verdad detrás de mis palabras.
- Esta no es la historia de una princesa ni de un príncipe, no es la historia de un dragón o un caballero y tampoco es el relato heroico de un rey o de una dama en apuros. Esta es la historia de un joven que quería ser caballero y cuya caballerosidad le impidió serlo y de un bellaco que quería fama y poder y cuya avaricia acabó matándolo… Hace mucho tiempo en algún lugar cuyo paradero olvidé hace ya demasiado tiempo, vivía un joven que siempre había soñado con ser caballero, combatir a los malvados y proteger a los débiles, pero pese a su gran fuerza i valía, jamás había tenido oportunidad de abandonar su pueblo en busca de un nombre. Cerca de este vivía un bellaco avaricioso que se pasaba los días contando las monedas de su mísera fortuna, esperando que el destino le labrase una oportunidad para conseguir la fama y el poder que siempre había deseado. La vida era tranquila, cosecha tras cosecha en ese pequeño pueblo campestre, la guerra no había sacudido esas tierras fértiles durante decenas de años, dotando al pueblo de una paz y harmonía difíciles de encontrar en esos tiempos agitados. Era un día tranquilo, que nada parecía deparar a los pueblerinos del lugar, pero  un hombre vestido con una brillante armadura blanca se apareció en el centro de la plaza afirmando ser un importante Duque que buscaba hombres valerosos para armarlos en el oficio de caballería. Así que el hombre ordenó que se difundiera la noticia y que se buscara al hombre más fuerte y honesto de aquella región. La noticia llegó pronto a oídos del joven y del bellaco, que impulsados por sus respectivos motivos presentaron sus respetos ante el imponente Duque. Fueron muchos los muchachos valientes que acudieron a la llamada del lustroso jinete de blanca armadura, pero el Duque solo podía llevarse a uno de ellos, así que ordenó a los hombres que lo acompañaban que improvisaran unas justas para decidir cuál era el hombre cuya fuerza y valía eran más grandes. Los torneos duraron varios días, fueron días de celebraciones y fiestas donde se ofreció al Duque exquisitos manjares y la mejor cerveza de las cosechas mientras los jóvenes contendientes a caballero se debatían por alcanzar el título que tantas promesas ofrecía.  En el último combate de las justas, se enfrentaron el joven y el bellaco, cuyas fuerzas y habilidades estaban muy equilibradas. Tras varios asaltos ambos contendientes cayeron exhaustos al suelo, por lo cual se decidió posponer el combate unas horas. Pocos minutos antes de que este se retomara, el bellaco se acercó al joven y le contó que necesitaba convertirse en caballero para partir en busca de los bandidos que habían asesinado  a toda su familia mientras él estaba labrando el campo, le contó que deseaba partir en su búsqueda y cobrar venganza para recuperar el honor perdido de su familia e impedir que más familias sufrieran el horror que el había pasado. El joven, conmocionado por la historia, consideró que su contrincante poseía más derecho sobre el título de caballero que él  y sus eterios sueños, así que se dejó tumbar al primer asalto. Al día siguiente, el Duque y su compañía partieron junto al bellaco  para armarlo caballero. Pocos días después montado en un corcel blanco y con el jubón del rey gravado en el pecho, apareció un mensajero que declaraba que una banda de bandidos se hacían pasar por un Duque y su compañía en busca de valientes contendientes a caballeros para celebrar festines y atiborrarse en los pueblos de buena fe. Pocos días después encontraron al cadáver del bellaco desollado en un bosque de las cercanías. Poco después el falso Duque y su compañía fueron arrestados por las fuerzas del rey en un pueblo de los alrededores.  Pese a los sucesos vividos, el joven no se rindió en su sueño de convertirse en caballero, aunque eso, es otra historia que quizás me aventuraré a contar en otra ocasión. Ahora muchacho cúbrete bajo las mantas y recobra fuerzas, el viaje de mañana será duro y largo.

Después de que el viejo contara su historia me quedé un largo rato pensando en ella recordando sus escenas y imaginando a sus personajes.
- La caballerosidad del muchacho le salvó la vida y la avaricia y las mentiras del bellaco lo llevaron a la muerte. El camino de la rectitud logrará salvarte, ¿eso es lo que trata de decir el cuento?
El anciano sonrió con entusiasmo, la alegría podía adivinarse en sus ojos cansados.
-Los cuentos son solo cuentos, la realidad es siempre más compleja, debes sacar tus propias conclusiones muchacho, es la única forma de seguir adelante.
Después de eso, me estiré junto al fuego y me cubrí con una tela gruesa para resguardarme del frio, mientras un silencio pausado se esparcía bajo ese enorme cielo estrellado.

domingo, 1 de enero de 2012

Pesadilla


Dicen que los sueños son a menudo los reflejos de nuestros más profundos temores. Cuando un sueño cumple esta condición, suele ser llamado “pesadilla”.

Cuando tenía cinco años mis padres solían alquilar una casa junto al lago. Era una casa vieja y chirriante, echa de madera carcomida por los años. Recuerdo que en las noches tempestuosas el viento soplaba con fuerza a través de las paredes vacías, susurrando voces fantasmas en idiomas perdidos. Solía andar descalza por ese astillado suelo, estaba frio, los tablones crujían a cada paso y la superficie áspera de la madera rasgaba la suela de mis pies. La casa tenía una iluminación pobre, que le daba un cierto aspecto fantasmagórico. La madera vieja, tenía un color oscuro rugoso gastado por el tiempo y las pocas lámparas que la casa ofrecía daban una luz tan débil y atenuada que parecía extinguirse antes de atravesar el cristal de la ya desgastada bombilla. El único elemento que ofrecía luz natural eran los grandes ventanales que había colocados por toda la casa. Pero el cristal viejo i polvorienta, rasgada por las ramas en las noches de ventisca y agrietada en varios lados, dejaban filtrar una luz que casi oscurecía la casa en lugar de iluminarla. Pese a su claro mal estado, mis padres alquilaban esa casa una vez al año a finales de otoño, cuando los arboles, moribundos, se inclinaban hacia el suelo con humildad dejando caer sus últimas hojas muertas que medio podridas se incorporaban al suelo mohoso y enfangado por las aguas del lago. La casa se encontraba rodeada por matojos y hierbajos que cubrían de manera desordenada lo que antaño había sido un jardín. Esa selva grisácea de malas hierbas esparcidas por el terreno apantanado que era la entrada a la casa se veía frenado bruscamente por una zanja negra de estacas de metal. Que custodiaban cubiertas por enredaderas el límite de aquella propiedad, manteniéndose erguida, firme e inamovible, apuntando siempre al cielo.
Cerca de la casa, a poco mas de 500 metros había un lago, con aguas turbias de un color azul oscuro, no recuerdo haberme bañado nunca allí, en realidad no recuerdo mucho del lago, solo su cautivador azul tenebroso que parecía absorber tu alma hacia un pozo sin fondo. Al parecer, durante los ochenta un grupo niños se ahogó nadando en esas aguas, pese a los esfuerzos por parte de los equipos de rescate, los cadáveres jamás fueron encontrados, el misterioso fenómeno se atribuyó a unas corrientes submarinas que tampoco fueron encontradas. Des del incidente, bañarse en esas aguas quedó totalmente prohibido. Pese a esto el hermoso paisaje del valle siguió atrayendo a visitantes, que de vez en cuando, desaparecían bajo extrañas circunstancias. Las autoridades concluyeron que los desaparecidos habían muerto ahogados por las extrañas corrientes que no fueron encontradas jamás. Después de esto, el lugar empezó a ganarse la fama de valle maldito y el turismo desapareció por completo dejando abandonados  varios edificios. Mis padres, vieron en la mala fama del valle una oportunidad para conseguir unas vacaciones a muy bajo precio. Y yo ignorante de los peligros del mundo, vi en ese lugar un mundo nuevo por descubrir.
No recuerdo nada de la última vez que pisé esa casa a excepción de un pequeño fragmento de los acontecimientos que en ese fatídico día cambiaron mi vida. Recuerdo estar acurrucada en las mantas, intentando protegerme del mal inexistente que mi padre había metido en mi cabeza a base de cuentos de terror. Me sentía alegre i protegida bajo esas sabanas que me alejaban del gélido ambiente que cargaba el aire de esa noche otoñal. El sueño empezaba a balancearse sobre mi cuerpo, llevándome lentamente a un país de sueños, pero  un ruido estremecedor destripó el aire y despertó la curiosidad de aquella pequeña niña de mejillas enrojecidas. Había sido un sonido desgarrador, como el grito de agonía de una bestia en su último aliento. Recuerdo mis pies descalzos cruzando la casa entera, recuerdo como mis pequeños pies se ponían de puntillas para alcanzar el pomo de la puerta, recuerdo mis manos tocando el frio metal del pomo, recuerdo como chirriaba la puerta al abrirse, recuerdo como des de la entrada de mi casa y con la puerta abierta una corriente de aire frio acarició mi rostro, recuerdo como una luz misteriosa entre la espesura del bosque me seducía, recuerdo una vocecita en mi cabeza diciéndome que siguiera caminando, lo último que recuerdo de esa noche, es el tacto de las hojas húmedas bajo mis pequeños pies.
No fue hasta nueve meses después que fui encontrada en una granja cientos de quilómetros al sud de donde había desaparecido, junto al cadáver de una vaca devorada por las bestias. Al parecer, el equipo de rescate se rindió a las pocas semanas de mi desaparición, dándome por ahogada. A los pocos meses mis padres no pudieron aguantar la tensa relación que ya de antemano había entre ellos y aturdidos por la pérdida de lo único que les había mantenido unidos, decidieron separarse, cuando me encontraron mi madre había sido asesinada por un novio narcotraficante, quien jamás fue detenido. Mi padre se hizo cargo de mí. Pero mi presencia, solo hizo que refrescarle el dolor de aquellos nueve meses y cayó en una depresión. Empezó a frecuentar los bares i acabó por convertirse en un alcohólico que apenas lograba estar sobrio varias horas al día. Pese a su caótico estado psicológico, logró triunfar en el mundo del arte, pintando unos cuadros que le llevaron fama i riqueza, alargándole el brazo a un mundo de drogas y perversión. Pero mi padre no fue el único que cambio durante los nueve meses de mi ausencia. Cuando me encontraron junto al cadáver del bovino, fui ingresada en un hospital inmediatamente, permaneciendo en coma cerca de un año. Cuando desperté mi forma de ver el mundo había cambiado, lo último que recordaba era estar caminando descalza por el bosque siguiendo una seductora luz parpadeante, pero ahora casi dos años más tarde todo era diferente. Conseguí recuperar sin ningún problema los dos años de carencia escolar, no solo volviendo al curso que correspondía a mi edad si no consiguiendo los mejores resultados académicos en todos los campos. Logré llevar mi vida social a lo más alto, sacar las mejores notas y triunfar en varios deportes casi sin esfuerzo. Ahora diez años después de despertar del coma, un escalofrió recorre mi cuerpo. Durante años he mentido a toda persona que me preguntase sobre el tiempo en que había estado desaparecida,  diciendo que no recordaba nada. Lo cierto es que ciertos fragmentos de lo vivido me atormentaban noche tras noche en mis pesadillas. Siempre el mismo sueño, día tras día, no hay noche que se salvase de repetir las mismas sensaciones gravadas en mi mente.
Una niebla densa me rodeaba, el aire olía a humedad, a hongos, a hojas secas y a carne fresca. Podía sentir un terreno rocoso y agrietado bajo mis pies, la frescura del viento acariciaba mi cuerpo, un viento con olor a carne. Varias veces mis pernas pasaban por un arroyo salpicando todo mi cuerpo, por alguna extraña razón, durante todo el sueño corría sin cesar, persiguiendo un objeto invisible entre las angostas paredes luminiscentes de una cueva cristalina.  Mi cuerpo se sentía ligero, casi como volando, solo el constante contacto con la superficie me recordaba que solo las aves podían hacerlo. Mi cuerpo estaba empapado por el sudor y el fango, despojado de las ropas que alguna vez me habían cubierto. Pero no estaba cansada, al contrario, deseaba seguir corriendo, cada vez más rápido, cada vez con más energía, cada vez deseando mas catar la carne fresca. Entre todo lo que sentía cuando soñaba, solo había una cosa que podía notar con total claridad, casi como si lo estuviera disfrutando en aquel momento. Era el sabor, ere sabor rebosante inundando mi boca,  ese sabor dulce, delicioso, que nublaba mis sentidos, que me llevaba al éxtasis, ese sabor eterno que me prometía gloria y me llevaba al paraíso, un sabor húmedo e intenso que despertaba mis instintos más salvajes, ese sabor a sangre.
La pesadilla siempre acababa de la misma forma: parada frente a una vaca, mirándola fijamente a los ojos, dándole el presagio de su muerte, mientras mi paladar se derretía por volver a probar el sabor de la sangre. Cuando el sueño terminaba siempre despertaba en la cama, sudando y temblando de miedo, pese a la satisfacción que sentía mientras dormía, el mundo se invertía al despertar y todo ese placer se transformaba en terror, me daba miedo, mucho miedo, un terror inexorable se apoderaba de mi llevándome a un infierno de angustia. Siempre tardaba varios minutos en calmarme, después, me daba una ducha fría para quitarme de encima esa amargura que pesaba sobre mi corazón. Y por mucho que intentara mantenerme despierta, el sueño siempre volvía a mí, siempre.
Hoy hace una noche tranquila, serena, puedo notar como el viento se filtra por la ventana para acariciar mi cuerpo, la luna brilla hermosa en el firmamento, tan llena, tan grande. Acabo de despertar, pero hoy mi cuerpo no está sudado, hoy no siento temor alguno, hoy más bien siento hambre. Un sonido desgarrador ha destapado el aire, como el grito de agonía de una bestia en su último aliento. Saco la cabeza por la ventana admirando el paisaje nocturno de la ciudad. A lo lejos en las montañas, se puede distinguir una luz que se oculta entre los árboles, una luz seductora que embriaga mi cuerpo con una curiosidad satírica. El viento lleva un olor extraño, un olor suculento, un olor a sangre.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Maria


Maria, Maria es el nom de la donzella que un dia els meus ulls va encisar, va aparèixer del no res, com un Angel, davant meu. Jo, meravellat per la seva bellesa, m’hi vaig acostar, sigil·losament, tement que amb el silenci, es trenquessin també les seves plomes. Era tan bella, una pell llisa com el marbre, delicada, pura, translúcida, quasi podia veure sortir la llum del seu cos, quasi podia distingir el color escarlata de la vida fluir a través de les delicades corbes del seu cos. Estava allà postrada davant meu, innocent, inconscient de la meva existència quan vaig gosar acostar-m’hi per dirigir-li la paraula, es va girar, i em va mirar. Amb aquells ulls radiants, aquells dolços ulls captivadors que irradiaven un esplendor tant gloriós que quasi cremava els meus ulls. Era una mirada pura, bella, que hem captivava com res mai ho havia fet, però era una mirada que no mostrava interès per mi, i això em produïa el més gran terror que mai hagués imaginat sentir, ni tan sols la coneixia, no l’havia vist mai, havia aparegut del no res, com un raig de llum que em guiava en aquest món de tenebres. Feia escaços minuts que aquella figura divina s’havia aparegut davant meu,però ja s’havia apoderat completament del meu cor. Hem captivava, m’embruixava, aquella mirada felina atrapava la meva anima al ritme de la seva respiració tranquila. El temor de perdre-la era tal que ja podia sentir la fredor de l’altre món nomes d’imaginar la seva pèrdua. Llavors les teves elegants pestanyes van parpelleja portant-me a la realitat, retornant-me d’un letarg del que podria mai no haver tornat, un encanteri produït pels seus ulls, que m’hauria captivat per l’eternitat. Em mirava fixament, podia notar la calor a les meves galtes, la meva presencia havia captat la seva atenció. Les seves celles arquejades, els seus ulls parpellejants el petit somriure amagat darrere la comissura d’aquells llavis carnosos, tot indicava que començava a mostrar senyals de curiositat cap al meu humil individu. Volia parlar, volia expressar amb paraules allò que en aquell moment sentia, però em resultava impossible, ¿com narrar amb paraules una bellesa tan suprema, tan eterna, tan inesgotable? ¿Com descriure tan sols una ínfima part d’aquesta brillantor que encegava els meus ulls fins al punt de no veure res mes? ¿Com explicar un sentiment tan fort, tan intens, que ni en els límits de l’existència es podria tornar a sentir? No podia, simplement era impossible triar les paraules adequades, les úniques i especials paraules que la farien meva. Si no trobava aquelles paraules, tenia la certesa de que desapareixeria dels meus ulls per sempre i no em veia capaç d’afrontar-ho, abans preferia restar immòbil observant la seva gràcil silueta, el seu contorn majestuós, la seva elegància innata. Abans preferia morir amb la seva imatge gravada a la retina, que veure-la marxar.
 D’alguna manera, que ni avui ni mai podré explicar i de la qual estaré eternament agraït, alguna cosa va cridar la seva atenció. Un somriure perfecte es va desplaçar al seu rostre mostrant les seves blanques dents, entornant els ulls lleugerament amb un sotil moviment de pestanyes mentre les seves celles afilades s’arquejaven lleugerament. Tot era elegant en el seu rostre. El seu nas em captivava, les seves corbes elegants em recordaven al coll d’un signe. Aquelles petites orelles arraulides entre una fina cabellera castanya, no feien sinó afegir equilibri i elegància a aquell caparro. Els seus cabells, reflectien la llum del sol transmetent una calidesa embriagadora que s’apoderava de mi, eren fins i llisos, queien sensualment per darrera de l’espatlla per acabar ondulant-se lleugerament una mica més avall. Podia resseguir perfectament les línies elegants d’aquell coll de cigne, que relliscaven suaument cap a unes espatlles nues i suaus que captivaven la meva ment com res ho havia fet. Una samarreta de ratlles blaves i blanques es deixada caure fins  a mig braç i deixava entreveure les subtils corbes de la seva gràcil cintura. Una faldilla provocativament curta, de blau texà, desenfocava en dues cames perfectes,  agraciades, majestuoses, amb unes corbes perfectes que desprenien una noble elegància, que harmonitzava  la seva figura. Resseguint aquelles cames de pell fina i suau podies arribar fins a uns peus descalços que desafiaven tota lògica, mostrant una bellesa encisadora que mai hagués sigut capaç d’imaginar, cada petit dit d’aquells petits peus, estava en perfecta consonància amb el següent d’una manera tant natural i perfecte que quasi podies sentir una melodia en el seu ordre.
Finalment, sense saber com, dels meus llavis van sortir les paraules, paraules lentes i maldestres que se m’entortolligaven a la gola. Tenia por, molta por, por de no dir el correcte, de tartamudejar, de no ser prou interessant, tenia por de tantes coses, però abans de poder-me’n adonar aquell àngel caigut del cel havia començat a riure. No recordava res del que havia dit, però la felicitat que sentia al veure aquell somriure que jo havia provocat era per res comparable a cap sensació anterior. Llavors la seva mirada va canviar, un calfred va recórrer la meva esquena, havia fixat la mirada en mi, em mirava fixament, com si aquells ulls encisadors volguessin veure la veritat dintre meu, llavors es va portar la ma a la boca i va deixar anar un somriure picar, acompanyat d’una mirada entremaliada. Varem romandre uns segons amb tensió de mirades, els seus ulls captivadors em tenien atrapat, quasi podia notar com si la llum dels seus ulls em fulminessin. Vaig quedar-me immòbil, afrontant aquella mirada embruixadora, fins que mossegant-se suaument el llavi inferior, amb mirada sensual es va acostar cap a mi amb elegants passes. Ho havia aconseguit, allà començava l’aventura.

domingo, 20 de noviembre de 2011

HELLEN (8)

X

-Era un día lluvioso, los cielos se arremolinaban en torbellinos negros que presagiaban una gran tormenta. Samhuel, como cada día, se había alejado del poblado para ir a recoger agua al pozo, que se encontraba a medio día de camino. Era una travesía larga y agotadora, que seguía un camino arduo y pedregoso. Cuando el sol estaba en lo más alto, las piedras ardientes abrasaban los pies del pobre Samhuel. Pero ese día el cielo estaba oscuro y encapotado, se olía la lluvia en el aire,  y con la lluvia el agua llegaría al pueblo sin necesidad de ir en su busca. Pero pese al regalo que los cielos le enviaban, el padre de Samhuel ordenó al muchacho partir hacia el pozo como cada día, temeroso de que el agua no se dignase a caer. Samhuel, fiel a la palabra de su padre, cumplió la orden sin osar contrariar a su protector. Y emprendió el camino angosto como lo hacía cada día.
Cuando llegó junto al pozo y alzó la vista al cielo, diviso ante sí un mar de nubes negras que todo lo engullían, como una bestia mandada por los dioses para consumir este mundo, el rugido de la bestia rugía acompañado de relámpagos fugaces que se adentraban en el suelo cual espadas de luz. Pudo divisar un millar de rallos junto a un millar de truenos que los acompañaban. Samhuel no podía regresar a su hogar, un océano de relámpagos se interponía en el único camino de vuelta. Solo le cavia esperar a que la tormenta cesase y el camino de vuelta quedase despejado para su retorno. Pero la tormenta no hacía más que crecer, acercándose más i más con cada minuto que pasaba. Finalmente, un rayo irrumpió frente a Samhuel, atravesando el suelo entre sus piernas. Entonces Samhuel comprendió que esa espada de luz que se había cruzado ante él, era un aviso de los dioses, que apiadándose de su pobre existencia le habían lanzado una advertencia. Si se quedaba en ese lugar, acabaría siendo pasto de la furia de los dioses.
Samhuel, ante el peligro inminente de perder su vida no tuvo más remedio que alejarse del pozo para adentrarse en tierras inhóspitas más allá de donde sus pies habían osado pisar jamás. Alejándose cada vez más y más de su hogar, siempre hacia delante huyendo de la tormenta, pasaron a su lado montañas y valles, ríos y lagos, días y noches, el tiempo pasaba ante sus ojos, con la tormenta pisándole los talones. Hasta que por fin cuando su cuerpo estaba a punto de desfallecer, la tormenta se desvaneció del mismo modo en el que había aparecido. La alegría invadió los ojos del pobre Samhuel que acabó desplomándose por los suelos.
Cuando volvió en sí, después de dormir por un largo periodo, no sabía dónde estaba ni por donde había llegado, se encontraba perdido en medio de una tierra desconocida. Mirase donde mirase solo lograba ver arena a su alrededor, ante él se extendía un mar de muerte, sin alimentos ni agua con los que abastecerse, temeroso de una muerte inminente, Samhuel pensó durante todo el día una solución al problema que se le planteaba, pero al caer la noche, ninguna solución había acudido a su cabeza. Viendo que llegaba su fin, alzó la vista al cielo y agradeció a los dioses la vida que le habían dado hasta el momento. Entonces, la diosa de la noche, consternada por su bondad, encendió en el cielo, una estrella que apuntara siempre hacia su hogar. El muchacho, agradeciendo la oportunidad que se le había concedido, se alzó y emprendió el largo camino de vuelta, siguiendo la luz de esa estrella.
Cuando por fin Samhuel pudo regresar a su hogar, nadie reconoció su apariencia, todo el mundo lo había olvidado. Cuando el muchacho empezaba a perder las esperanzas, apareció su ya anciano padre. Este, le miró a los ojos durante un largo silencio, y pudo reconocer en aquel hombre adulto, el que había sido su pequeño hijo al que antaño había mandado ir en busca de agua. Fue entonces cuando el padre de Samhuel derramó su última lágrima de felicidad, antes de  que la diosa de la noche se lo llevara al otro mundo en pago por la estrella que había encendido en el cielo para salvar la vida de su hijo. Samhuel, no se quejó por esa acción de los dioses, ya que podía intuir que su padre, arrepentido por haber mandado a su hijo a la muerte, l había estado esquivando a la espera que un milagro le devolviera aquello que había perdido. 
Samhuel vivió muchos años más, había partido como un niño y había regresado como un hombre, contrajo esposa y tuvo hijos, defendió a su familia hasta el final procurando ayudar siempre a los desfavorecidos. Y cuando le llegó el momento de partir, volvió a agradecer a los dioses la vida plena que le habían dado. Dicen los antiguos manuscritos, que antes de morir, en reconocimiento a su bondad, los dioses le concedieron a Samhuel un último deseo. Él, con una sonrisa en los labios, pidió que se encendiera una estrella en el cielo que indicara a los viajeros perdidos el camino como volver a su hogar. Los dioses, como recompensa a su benevolencia, cumplieron su deseo nombrándolo protector de la estrella para custodiara por la eternidad y procurar que su luz nunca se atenuara. Des de entonces encendida en lo más alto del firmamento, más brillante que todas las demás, se encuentra la estrella que guía a los viajeros hacia el camino de vuelta.
 Esta, mi querida muchacha, es la historia de esa estrella que des de antaño ha guiado a viajeros y comerciantes como yo para que encontraran el camino de vuelta a casa, por eso cada vez que mires al cielo, debes agradecer a esa pequeña estrella. Puede que algún día salve tu vida.

 Esa era la historia tal y como la había contado el gran Absalom, la imagen de ese anciano decrépito se yacía cada vez más borrosa en mi mente, pero el legado de sus historias se mantenía intacto en mi cabeza. Absalom había muerto, pero aún después de eso, seguía mostrándome el camino para lograr escapar de ese desierto. La más brillante en el firmamento, Absalom la había señalado con sus manos, no había duda de cuál era la estrella que debía seguir. Ahora solo quedaba esperar, esperar hasta dejar atrás el desierto. Mi mayor temor era morir antes de lograr salir de esa inmensidad de arena. Aunque ese no  era mi único temor, había partido de mis tierras, dejando todo atrás, en busca de aquello que más deseaba, pero podía notar como las pistas que llevaba persiguiendo por años se desvanecían en mis manos como la misma arena, mientras me alejaba cada vez más de mi objetivo.

Según la historia de Absalom, la estrella me llevaría de vuelta a mi hogar, pero ¿Cuál era mi hogar? Mi casa se hallaba lejos, muy lejos, más allá del océano. Era un lugar al que no podía regresar. La noche en la que partí de lo que había sido mi hogar, dejando atrás las llamas que lo consumían para partir en busca de mi amado, abandoné todo lo demás, esa noche perdí mi casa y mis tierras. Ese lugar ya no podía ser llamado mi hogar. Solo había una cosa, algo que aún podía nombrar como mío, algo a lo que aún tenía esperanzas de regresar, la única cosa por la que me había mantenido viva todos estos años, Joshua.


viernes, 4 de noviembre de 2011

HELLEN (7)

IX
Yacía junto a mí el cadáver de el hombre que había tratado de mancillar mi cuerpo con su esencia, mi corazón seguía latiendo al ritmo intrépido de una lluvia torrencial, pero solo llovían mis ojos. Mi boca aún conservaba el sabor ferroso de su sangre, un sabor desagradable y amargo que me impedía olvidar lo ocurrido, quería deshacerme de ello, dejarlo a un lado y seguir adelante, pero simplemente no podía hacerlo. A pesar de que ese hombre había intentado violarme, no sentía despecho por él, había salvado mi vida y de algún modo debía agradecérselo. La sangre continuaba brotando de ese cuerpo inerte, pero yo me sentía demasiado débil para hacer algo al respeto. Mi cuerpo pesaba, pesaba demasiado, más de lo que nunca me había pesado, el cansancio se apilaba sobre mi substrato a substrato, hasta que el peso del agotamiento hizo que abandonara mi cuerpo para volver a recuerdos lejanos.
Las llamas se alzaban frente a mí como el espectro de todo aquello que había sido,  el candente espectáculo de luces que se ultimaba en el edificio que acababa de abandonar para siempre se reflejaba en las últimas lágrimas de mi niñez. Mi rostro abrasado por el calor de las llamas no se despegaba de la imagen de aquella villa ardiendo,  los chillidos de las llamas se reflejaban en el cielo y congelaban mi alma. Todo lo que había vivido, todo lo que había sentido, todo lo que había sido, se estaba carbonizando junto a la madera de lo que había sido mi hogar. El panorama solitario de aquella colina, amenazaban con hundirme en la desesperación, mientras pasaba los últimos momentos en esas tierras mirando hipnotizada el candor escarlata del fuego. El ruido ignifugo de las llamas se vio interrumpido momentáneamente por un extraño bramido parecido al ruido de un ave rapaz. El estrépito surcó los cielos, como anunciando la llegada de algo, pero lo único que lo precedió fue el continuo chisporroteo de las llamas. Poco después, me sorprendió el crujido de unas ramas a mi espalda y al girar la vista, pude vislumbrar ante mí a la atrocidad que me perseguiría en sueños durante varios años después.  Una criatura deforme y grotesca,  erguida sobre dos famélicas piernas que precedían a un demacrado tórax con la espalda encorvada hacia delante, sus larguiruchos brazos que rozaban el suelo, acababas en afiladas zarpas ennegrecidas. Su piel, lucía un pálido grisáceo descolorido que recordaba más a la piel de un pescado que a la de un hombre, los huesos se le marcaban sobre la piel, mientras las venas violáceas reseguían todo su cuerpo.  Su cabeza, era pequeña y redonda, con unas orejas enormes, solo comparables al tamaño de sus ojos, unos agujeros negros encavados en el cráneo sin nariz de aquella escuálida criatura. En su cabeza colgaban unos escasos cabellos de un color mohoso que alcanzaban la altura de sus rodillas. Me quedé mirándolo a los ojos y él se quedó mirando los míos, carecía de párpados, pupilas y cejas, solo tenía su profunda mirada, sin nunca pestañear, siempre con esos enormes ojos abiertos, eran unos ojos tristes.  Sus pálidos labios, escondían una hilera de dientes triangulares que esperaban ansiosos catar una presa, un pequeño riachuelo de sangre fresca brotaba de sus fauces, tenía hambre y podía intuir que era lo que esa criatura homínida devoraba en sus banquetes, pero por algún motivo que aún hoy no alcanzo a comprender, la bestia desapareció entre los arbustos en cuanto parpadeé.  Fue entonces cuando se secaron mis lágrimas y eché la última ojeada a lo que había sido mi vida hasta aquel momento.
Cuando pude darme cuenta de que había empezado a andar ya me encontraba lejos de mi antigua casa, la humareda de polvo y humo se alzaba en el cielo tiñendo el azul de negro. Mi padre se había hecho construir una villa en lo alto de un montículo, una casa hecha de madera, vulnerable al ataque de los enemigos, el resto de los señores de las tierras cercanas se encerraban en castillos de piedra, fortificados hasta los dientes, alzados sobre montañas inexpugnables, temerosos de una guerra que ya había acabado. Pero mi padre decidió escapar de su castillo y criar a su única hija en una casa de madera en lo alto de un montículo, creía que su hija era una princesa como la de las canciones de gesta, bella como la luna y dulce como la miel, quería que fuera su princesa bonita, quería que algún día acudiera un caballero para pedir mi mano, pero yo no era una mujer bella como la luna y dulce como la miel, no tenía los ojos azules ni los cabellos de oro, los caballeros no combatían por mi belleza y los trovadores no me escribían canciones. Lucía una larga cabellera negra como la noche y unos ojos del marón más oscuro, lucía un busto digno de una tabernera, no de una princesa y sobretodo, mi corazón pertenecía a un aldeano corriente, no a ningún príncipe o caballero sacado de una canción. Pero, pese a todas las evidencias que negaban el destino que quería que viviese, mi padre se empeñaba en llamarme princesa y en cantarme canciones de amor. No sabía dónde estaba mi padre, no sabía dónde estaba nadie, tras despertar después de la gran explosión, simplemente habían desaparecido, sin dejar mas rastro que las llamas que calcinaban la casa. Cuando por fin logré divisar el pueblo, noté como mis débiles piernas empezaban a flaquear,  caí al suelo de rodillas, la imagen que se mostraba ante mi me llenaba de nuevo de desesperación, el silencio espectral que cubría la aldea solo era cortado por el sonido de las llamas, que abrasaban los techos revestidos de paja de las casas de aquel poblado. Allí descubrí el fin de mis fuerzas y empecé a caer en el mundo de los sueños mientras una voz ronca gritaba mi nombre, mientras una silueta borrosa se acercaba corriendo.
***
Desperté con el amargo gusto a sangre reseca en mi boca, mi garganta me pedía agua y el reciente recuerdo del incendió que acabó con mi hogar años atrás no hacía más que incrementar esta falta. Un fuerte olor putrefacto cubría el aire a mí alrededor. Cuando giré mi cabeza pude admirar el cadáver lleno de moscas del hombre que había matado tiempo atrás, ¿durante cuando había estado durmiendo? El mercader había muerto con una expresión de ahogo en el rostro, tenía la espalda adolorida y me dolía cada vez que intentaba mover mis piernas, pero el cansancio se había atenuado y me encontraba con fuerzas para seguir mi camino. Alargué mi brazo hasta la daga que atravesaba el pecho de aquel individuo que yacía a mi lado, las moscas se apartaron zumbando por el aire cuando arranqué el puñal, para volver a colocarse sobre la piel del cadáver pocos segundos después.  Después de limpiar el puñal de la sangre reseca y guardármelo en mi fajín, me arrastré hasta la puerta y apoyándome en la pared donde conseguí incorporarme. Aparté el cáñamo que cubría la entrada para dejar que la luz del sol acariciara mi piel. Me constaba esfuerzos mantenerme erguida, pero tras apoyarme en la pared durante varios minutos y apoderarme de un bastón que reposaba en la pared, conseguí alejarme lentamente de la choza.
El intenso calor que el sol del desierto me ofrecía me cogió de improvisto, me costaba trabajos caminar incluso con la ayuda del bastón. Me sentía como si estuviese muy alta, como si mi cabeza estuviera más arriba de lo normal, eso mas el calor, producían en mi un mareo sofocante que drenaba rápidamente las pocas fuerzas que había conseguido recuperar. Finalmente conseguí acercarme al pozo del poblado y llevarme a la boca algo de agua que apaciguara mi sed. Una vez me hube hartado de agua, me tumbé junto a la pared del pozo a contemplar mí alrededor. Los cadáveres de la batalla aún permanecían inertes sobre la arena, como si nada hubiera pasado des de entonces, solo el hecho de que estaban medio cubiertos de arena indicaba que había pasado el tiempo. Las moscas y demás animales carroñeros hacían su trabajo, el lugar desprendía un hedor a muerte tan fuerte que casi resultaba vomitivo, pero era quizás el hecho de haber dormido junto a un cadáver, la razón por la cual ese hedor no me afectaba tanto.  Había muchos muertos, juzgando por los cadáveres en el suelo no sabría decir quién fue el vencedor, pero le resultaba bastante fácil adivinarlo considerando que yo permanecía con vida, al parecer, fuesen quienes fuesen, los ganadores habían decidido abandonar ese lugar y dejarlo a la suerte del olvido. Solo yo y mi salvador nos habíamos quedado y ahora solo quedaba yo.
El silencio del desierto me ofrecía una paz interior, que nada antes, había sabido darme. La placidad de sus susurros se adentraba en mí vaciándome de todo aquello que no quería recordar, dejando caer mi mente en un estado de letargo. El berrido de un camello llamó mi atención, no había planeado aún cómo salir de aquel pueblo abandonado infestado por el odio y la muerte. Me acerqué hacia el ruido y pude alegrar mi vista al ver a dos camellos aprovisionados. Pero aunque tuviera camellos, aunque tuviera comida, no sabía a dónde ir, Absalom había prometido llevarme a la ciudad Blanca de Basha, pero ahora él estaba muerto, yo lo había matado. No tenía ningún medio para adivinar la dirección que debía seguir,  nadie podía guiarme, tenía un pozo, tenía alimentos y transporte, pero estaba igual de pérdida que cuando el gran Guh me encontró cubierta por la arena del desierto. Sin saber qué hacer ni a donde ir, logré llegar a la conclusión de que si no había ningún vivo que pudiera darme la respuesta, quizás algún muerto podría hacerlo. Registré uno por uno los cadáveres que se hallaban repartidos por el poblado, estaba claro que después del combate los supervivientes habían saqueado a los muertos indefensos para llevarse todas sus pertenencias. Solo fui capaz de hallar un par de mapas escritos en árabe, pero dejando a un lado que no podía entender nada de lo que había escrito, me resultaba imposible situarme. En los mapas el desierto aparecía como una enorme extensión vacía con algún que otro topónimo en árabe repartido por el papel. Solo en la costa cerca del mar, había una inmensidad de nombres, nunca debí haberme adentrado en el desierto. Después de dar un par de vueltas por los alrededores para ver si podía hallar una pista que me orientara me senté junto a los camellos, el frio de la noche empezaba a penetrar en el desierto y el calor de sus pieles me reconfortaba. El sol empezaba a caer en el mar de arena tiñendo el cielo de un color anaranjado que empezaba a teñirse de oscuro y colgada en medio del cielo, había una estrella, una única estrella que brillaba con todas sus fuerzas, tan brillante y tan lejana, la única estrella que se divisaba en el firmamento. Entonces fue cuando recordé una de las historias del viejo Absalom, la historia de un niño que fue capaz de regresar a su hogar siguiendo la luz de una estrella, una luz brillante y firme colgada en el firmamento, la luz que me guiaba hacia mi destino mientras me adentraba de nuevo en el mar de arenas.

martes, 1 de noviembre de 2011

HELLEN (6)


VIII
La calidez de su cuerpo se fundía con el mío, recordaba perfectamente esa primera noche en el viejo molino, el roce de sus manos, sus besos, sus caricias, imágenes de esa noche bombardeaban mi cabeza en aquel sueño, sabía que era un sueño y que acabaría en cuanto despertase, pero la lujuria recorría mi cuerpo como si Joshua aún estuviera allí, pero no estaba, y yo lo sabía. El placer y el dolor se fueron apagando silenciosamente mientras una lágrima caía por mi mejilla para ver su rostro sumirse de nuevo en la penumbra.
Me desperté súbitamente en medio de la habitación, de vuelta a una realidad que me resultaba difícil de aceptar, sabía que el momento de despertar acabaría llegando, sabía que nada lo podía retrasar, era plenamente consciente de ello, pero solo quería seguir soñando con la felicidad un poco más. Aún podía sentir los labios de Joshua contra los míos, aún podía sentir su lengua acariciar mi cuerpo, aún podía sentir sus dedos reseguir mis curvas, podía recordarlo todo, cada detalle, cada sensación, pero, ¿pero porque me costaba tanto recordar su rostro? Permanecía oculto tras las sombras, difuminado por la oscuridad, estaba allí, pero no podía verlo con claridad, ese rostro que tanto había admirado, estaba empezando a caer en el olvido. La frustración me corroía por dentro, una pérfida angustia empezaba a apoderarse de mi corazón, mientras el desasosiego surcaba los mares de mi alma en busca de un amor perdido que parecía estar cada vez más lejos. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba llorando, mis mejillas ardían, pero no de tristeza o dolor, lloraban de rabia e impotencia, por aquello que no fui capaz de proteger. Me llevé las manos a los ojos, no quería llorar, quería ser fuerte, debía ser fuerte, si ni siquiera era capaz de eso jamás podría encontrarlo, nunca podría encontrar a Joshua.
Pase horas llorando, hasta que mis lagrimas se secaron, incluso después, seguí llorando por dentro. No sabía dónde estaba, lo último que recordaba era haber caído enterrada bajo un camello en una batalla que nunca debí haber librado. Todo estaba oscuro, solo unos finos rayos de luz se filtraban entre unos cáñamos entrelazados que parecían servir de puerta para entrar en la habitación vacía donde me encontraba. Descansaba sobre un montón de paja maloliente que me producía picazón en la espalda. Lo único que me venía a la cabeza era que alguien me hubiese salvado tras la batalla, pero después de haberla causado me resultaba difícil de creer que alguien se hubiera apiadado de mi, solo el gran Guh se aparecía en mi cabeza como un posible salvador. Pero algo en mi interior me decía que si hubiese sido él, todavía estaría junto a mí, pero en esa sala no había nadie, solo estaba yo. Mi cuerpo estaba adolorido, mis brazos, mi pecho, mi cabeza, la garganta, los muslos, pero sobretodo me escocían las piernas, me costaba esfuerzos intentar moverlas, reunía todas mis fuerzas, pero lo único que conseguía era un grito de dolor. El dolor me sacudía y yo gritaba, pero nadie acudía a mí, parecía que el desierto había regresado a mí, era una calma tensa y amenazante, como la anterior a una tempestad. 
Un rayo de luz irritó a mis ojos cuando ya estaban a punto de caer en el cansancio, la puerta de cáñamo se había abierto y una silueta oscura se vislumbraba de pie en la entrada, des de mi perspectiva parecía alto, muy alto, demasiado alto, ni siquiera podía levantarme del suelo y el estaba allí, alzado, con esos familiares ojos clavados en mí, no podía distinguir bien la persona, pero por alguna razón me infundía un miedo que desarmaba completamente mis fuerzas. Era una figura delgada, nada parecida al fuerte Guh que habría deseado encontrar.  Se quedó parado, en silencio, en el umbral de la puerta, mirándome, resiguiendo mi cuerpo con la mirada, después volvió a cerrar la puerta tras el dejándome de nuevo en la oscuridad. Pero ahora no estaba sola, mucho peor, estaba con él.
Podía oír el sonido de sus pasos mientras su silueta opaca se tambaleaba lentamente acercándose cada vez más. Los escasos rayos de luz que se filtraban entre la puerta me permitían ver la oscura y amenazadora silueta que me acechaba. Yo permanecía inmóvil, paralizada por un pánico irracional que se apoderaba de mi cuerpo cada vez más rápido, sabía lo que venía a continuación, lo sabía, pero lo negaba, no quería aceptar la verdad que ante mí se mostraba y eso solo hacía que alimentar el pánico que devoraba mis fuerzas. Quise decir algo, pero de nada servía, ese hombre no hablaba mi lengua, ni yo la suya. El hombre se arrodilló frente a mi mirándome a los ojos y entonces lo vi, ese era el hombre que me había encontrado en media batalla, el me había ayudado a matar a un tuareg, me había salvado y me había mirado, también era él el que me había sacado de debajo el camello y me había vuelto a mirar, me había mirado con esos ojos lascivos, con esa mirada obscena, siempre acompañada de esa sonrisa lívida que dejaba ver sus amarillentos y puntiagudos dientes. El me había rescatado de morir bajo aquel camello y me había llevado allí, me había salvado la vida y esperaba algo a cambio. Su mirada lujuriosa vaciaba mi alma y hacia recorrer un hediondo escalofrió a través de todo mi cuerpo. Me desnudaban con la mirada, ese hombre quería mi cuerpo y no pararía hasta conseguirlo. Colocó su mano en mi cintura delicadamente a la vez que desprendía el repugnante hedor de su aliento sobre mi rostro. Sus manos eran ásperas y callosas,  la piel de sus resecas yemas reseguía mi piel ascendiendo lentamente hacia mis pechos, con dulzura y delicadeza, más de la que hubiese podido esperar. Por un instante pensé en entregar mi cuerpo, en abandonar todo por lo que había recorrido tanto camino para satisfacer los deseos de ese hombre que había salvado mi vida, por un momento considere la posibilidad de abandonar mi viaje en la busca de un amor perdido, para quedarme a satisfacer los deseos del hombre que me estaba tocando. Pero enseguida pude darme cuenta de que estos pensamientos no me pertenecían, pertenecían al miedo que poblaba mi alma, miedo a no ser lo suficiente fuerte para seguir mi camino, miedo a no encontrar lo que buscaba. Mis dudas se desvanecieron por completo cuando las manos de ese hombre agarraron furiosamente mi pecho, estrujándolo entre sus dedos. Intenté darle una patada, pero mis piernas no respondían, parecían ser un fantasma del pasado. Le agarré el brazo con las dos manos intentando quitármelo de encima, pero me faltaban fuerzas para impedir que me manoseara. Entonces pude vislumbrar como su rostro se acercaba peligrosamente a mí otro pecho, siseando su viscosa lengua hacia mí. Instintivamente golpeé su rostro con mis manos, entonces el golpeó el mío y todo quedó en silencio, mientras una lagrima se derramaba por mi mejilla.
El silenció no hizo más que incrementar mi miedo, me había pegado y yo había cayado, no podía hacer mas, no quería mirar su rostro, tenía miedo de hacerlo, dejé la mirada perdida en la pared, intentando pensar en algo que me alejase de esa amarga realidad, pero nada acudía a mi cabeza. El áspero tacto de sus dedos rozó mi barbilla, agarrándola con fuerza y girándola hacia él, obligándome a mirarlo mientras susurraba unas dulces palabras que no podía comprender. Lentamente, acercó su rostro a mi cuerpo y empezó reseguir la línea de mi cuello con su húmeda y sebosa lengua, era una sensación pútrida y amarga, muy desagradable. Quería gritar, pegar y huir de allí, tan lejos como las piernas me llevaran, pero no tenía piernas, ni voz, ni fuerzas. Lentamente, dejé que esa bestia se apoderase de mi ser, pero cuando su lengua bífida rozó la comisura de mis labios, reaccioné e inmediatamente agarré su rostro intentando apartarlo de mi, pero él me agarró ambos brazos y me los sujetó contra el suelo, mi respiración era agitada , quería volar a otro lugar, quería desaparecer, quería morir. En un movimiento rápido sus labios se acolcharon contra los míos, mientras su untuosa lengua penetraba en mi interior, profanando aquello que solo mi amado había podido alcanzar. Entonces guiado como un rayo de luz en las tinieblas, se aparecieron en mi mente los recuerdos de todas las vidas que había quitado,  de cómo había cortado cuellos y atravesado corazones, como había acabado fríamente con las vidas de ocho jinetes del desierto y ni siquiera recordaba los rostros de la mayoría de ellos. Quizás era débil, una mujer pequeña en tierras extrañas, pero había matado y podía volverlo a hacer. Instantáneamente cerré mi mandíbula ferozmente, mordiendo labio y lengua.  El hombre  empezó a gemir,  revolcándose por el suelo, maldiciendo mi nombre con palabras austeras que no podía entender. En mi boca bañada por su sangre se hallaba un pedazo de lengua, un pedazo de aquel hombre que vociferaba en el suelo, su sangre inundaba mi paladar,  la sangre de aquel hombre que había osado mancillar mi cuerpo. Entonces el hombre me miró, sus ojos estaban anegados de cólera y de sus fauces brotaba sangre a arcadas formando un pequeño charco a su alrededor, el hombre cegado por su rabia desenfundo rápidamente una daga que resplandecía vivamente en la oscuridad.  Empecé a buscar algo que agarrar, algo con que defenderme, pero el oscuro suelo de esa estancia no me ofrecía mas que polvo y silencio. El hombre se abalanzó sobre mí lanzando un extraño grito ahogado por la sangre que brotaba de su lengua. Sin nada con que defenderme decidí  esquivar el golpe, milagrosamente, mis piernas acudieron a mi llamada y se movieron justo a tiempo para alejarme del frio puñal. El hombre volvió a abalanzarse sobre mí, yo interpuse mi mano en su camino y logre agarrarle la muñeca antes que la daga atravesara mi corazón. Sus ojos me miraban con rabia, con ira, deseaban matarme y estaban dispuestos a hacerlo,  sin tiempo a pensar, arrojé mis dedos contra su rostro hundiéndolos en sus ojos, durante unos instantes el hombre afligido por el dolor, dejó de agarrar con fuerza el puñal, ese instante fue suficiente para agarrarlo y hundirlo en su pecho, acabando así con el hombre que había salvado mi vida.